A mi hermana y a mí nos convencieron de no estudiar Artes Plásticas. A mí me hicieron una sugerencia sutil que surtió efecto rápidamente porque no confiaba en mis talentos; para mi hermana el proceso fue más doloroso y aún hay un dejo de rencor en su quehacer laboral. En su momento dudé que estudiar esa carrera fuera realmente el camino para ser artista, quizá intentando justificar mi decisión.

 

Casi una década después sigo sin encontrar la respuesta –y sin ser artista–, pero me surgen nuevas dudas. En los últimos años el sistema educativo ha sacado muchos trapos muy sucios, desde las protestas de miles de estudiantes que han sufrido acoso, y otras formas de discriminación de género y abuso de poder, hasta los millares de deserciones que causó la pandemia. No sé si es un mejor o un peor momento para estudiar artes, si el formato digital de las universidades cambiará algo, si se mantendrán los planes de estudio o si seguirán las mismas estructuras. Pero sobre todo, ante este escenario me pregunto: ¿Qué sucede con unx artista en formación que está aisladx de sus compañerxs?

 

“Lo primero que pasa con el artista es que tiene una forma o una autoconsciencia muy singular de su relación con el mundo”, me dice a través de la pantalla Jorge Torres Sáenz, compositor, teórico del arte y profesor universitario. A partir de una singularidad, lx artista se siente, en un principio, solx. Entonces, según Torres Sáenz, la academia es donde se encuentra con otras personas que tienen la misma soledad y donde se le impulsa a profundizar en esa forma particular de ver el mundo. Lx artista se forma como planeta único, como ente que piensa distinto, que ve las cosas de otro modo y quiere representarlas, pero que a su vez forma parte de un sistema planetario en el que a lxs demás de su carrera también les pasa eso.

 

Por otro lado, en la academia se hace la conexión del futuro con el pasado. Se enseña la historia del arte, lo que han hecho quienes vinieron antes y cómo lo hicieron, lo que pensaron y las preguntas que se plantearon. “Solamente puede leerse a sí mismo [el artista] en la actualidad de su presente, si tiene como reflejo todo el pasado; es ese el valor de la tradición, que transmite una serie de saberes, de condiciones, de preguntas, de respuestas, que te ayudan muchísimo a la hora de posicionarte”, ahonda el músico e investigador. En esta misma línea, la academia tiene como pilar la impartición de las técnicas, que se consideran elementos clave para poder amaestrar las artes, especialmente en la música y la danza.

 

 

Sin embargo, hay una parte de la tradición universitaria que quizá podría ser buena idea dejar de lado en las carreras de artes y humanidades. Las escuelas y universidades que conocemos hoy en día fueron planteadas bajo un sistema positivista, en donde lxs estudiantes deben de alcanzar ciertos objetivos para después obtener un trabajo que impulse la actividad económica. De ahí quizá la falla que mi papá veía en estudiar Artes Plásticas: no me iba a dar para comer. Hay, por supuesto, carreras para las que esta estructura sigue funcionando muy bien (como las ingenierías o el derecho), pero el sistema capitalista no ha introducido por completo a las humanidades y las artes en el gran engranaje productivo. Entonces quienes nos vamos por estas ramas no obtenemos los mismos frutos. ¿Se tendrían que hacer esquemas específicos educativos para las artes y las humanidades, o deberíamos de trabajar por incluirlas en la maquinaria económica?

 

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“Pues yo creo que lo chido está en la comunidad”, dijo Iurhi Peña, ilustradora egresada de la Facultad de Arte y Diseño de la UNAM, quien no cree que hay que ir a la escuela de artes para ser artista. En la carrera, se encontró con algunxs profesores que se empeñaban realmente en compartir el conocimiento e inspirar a lxs alumnxs, pero cuenta que eran más los que parecían estar ahí para presumir que para enseñar. Lo que más rescata de sus años en la universidad, es la comunidad que se creó. “Creo que sí es muy importante mantener la relación entre la gente joven que se está formando porque también de ahí salieron muchos colectivos, colectivas; la gente se organizó”, cuenta la ilustradora y después habla del momento en el que las colectivas artísticas se mezclaron con las políticas, lo cual dio paso a exigir mejoras en la universidad.

 

A Iurhi Peña el mundo artístico, incluyendo las academias, le parece elitista y limitado, como lo ha expresado en sus publicaciones. Siente que no hay diálogo entre las necesidades de lxs estudiantes y el plan de estudios que se quedó en el pasado. “Hay una línea muy bien trazada de los pasos que tienes que dar para que te vaya chido”, dice; “quien gana bien es porque realmente tuvo que cumplir con todos estos puntos. Creo que es un entorno muy cerrado y sí cuentan mucho las credenciales”. Por credenciales, se refiere a estar bien conectada, entrar a un gremio de gente famosa, de preferencia venir de una familia importante, tener dinero y estar en una de las academias más reconocidas. El resultado de eso, dice la artista, es un entorno artístico estéril, “porque no sólo es júntate con la gente adecuada, sino haz lo que quieren que hagas”.

 

La misma historia de las academias muestra lo que cuenta Peña: desde que se fundan las primeras escuelas de arte en Europa, durante el Renacimiento, las academias han servido como instrumentos de representación política. “El arte nunca es inocente. Hay siempre una relación entre arte, poder y representación. Entre el arte, los discursos y la representación”, apunta Torres Sáenz. La Academia de Bellas Artes de París, fundada en 1648 por el rey Luis XIV se creó para que los discursos promulgados a través de las artes estuvieran coordinados con los proyectos políticos; “las academias pasaban a ser un organismo del Estado”, escribió Eduardo Montagut Contreras, doctor en Historia Moderna y Contemporánea. Las creaciones artísticas se regulaban y el gusto lo marcaba la realeza, “la monarquía absoluta consideraba muy importante el arte como expresión de su poder, y no podía dejarse al libre albedrío de los artistas”.

 

 

Este formato se reprodujo por todo el mundo. En México nació la Academia de San Carlos en 1783, cuando el rey de España Carlos III expide la Cédula Real. Los discursos reproducidos por los artistas estudiantes o egresados debían de ser aprobados por la Corona. El esquema siguió funcionando: el muralismo mexicano, escaño importantísimo de la historia del arte nacional, fue patrocinado por el PRI, que necesitaba impulsar su proyecto nacionalista. Sin embargo, fue la creación de las academias de arte lo que, de alguna forma, dignificó la labor artística de los muralistas. El arte dejó de ser el quehacer de gremios, un oficio, y subió en la escala socioeconómica.

 

La experiencia de Iurhi Peña le hace opinar que las academias ya son anticuadas. A ella, por ejemplo, le enseñaron sobre la trayectoria de arte hasta los años 90. También le parece que toda la escena artística se ha quedado en un símil al “priísmo viejito clásico”, donde un grupo selecto de personas se protege y difunde, pero afuera se queda la mayoría, sin importar realmente su talento. El nombre de la universidad que te dé el diploma sí puede hacer diferencia, pero también si eres mujer, hombre, nacida en una familia de legado artístico, morenx, ricx, amigx de alguien que ya está dentro del círculo, etc. Lo define como un sistema decimonónico, vertical y patriarcal. El esquema de poder se mantiene en las academias.

 

Aún así, Peña dice que sí le recomendaría a unx joven estudiar artes, “siempre y cuando tenga muy claro qué es lo que quiere hacer con eso”. En una nota similar, Torres Sáenz recalca que una clave absoluta en el quehacer artístico es la Resistencia: al pasado, al presente, al patriarcado, a las tradiciones, a sí mismxs. “Es tomar consciencia y distancia de los discursos que te hacen pensar que las cosas son de una manera y no de otra. Entonces tomar distancia de los discursos, de las configuraciones del poder, de la disposición de la academia, es lo que de alguna manera te puede permitir aprovechar todos los saberes pero con un sentido más autocrítico”, explica el compositor.

 

Puede ser que estudiar arte sólo le sirve al estudiante que así lo desea, que se dispone a resistir y saber que probablemente no podrá vivir de su obra, aun con título en mano. O únicamente es para quienes están dispuestxs a no salirse del estatus quo (que en el arte tiene muchas implicaciones) y mantenerse siempre dentro del juego del mercado. Puede ser, también, que el problema sea que nos hayamos alejado tanto de la idea de las universitas originales, cuyo objetivo era juntarse a compartir y crear conocimiento. ¿Será que esa es la forma de Resistir detrás de una pantalla: desear el aprendizaje por sí mismo y nada más?

 

 

A lo mejor, si el sistema educativo se tornara a apreciar la obtención de conocimiento como fin último, sin intereses económicos (imaginando que se puede), se romperían las estructuras de poder actuales. En una de esas regresaríamos a los gremios, o se formarían nuevos formatos; nacerían nuevas disposiciones –repositorios– del poder. Con suerte más horizontales –sin acoso ni abuso–, justos y que permitan la expresión libre.

 

Quizá la escuela no sirva de nada, o quizá y sirva de todo.

 

Sofía Viramontes: es periodista y profesora. Estudió en la Universidad Iberoamericana y ha publicado en medios como Gatopardo, Chilango, Travesías y Vice. Le apasiona intentar entender cómo funciona el mundo y a partir de eso hace su trabajo. Escribe, principalmente, sobre feminismo, cambio climático y arte.

Portada e ilustraciones: Iurhi Peña

 

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