México vive en un constante estado de pánico y de alerta, como si las garantías individuales y los derechos de los ciudadanos se hubieran suspendido justo unos minutos después de la firma de la Constitución.

La sangre de mi hija se fue en los zapatos

de todos los muchachos que corrían por la plaza.

– Dolores Verdugo de Solís, madre de familia.

 

Existe la teoría de que la Historia es cíclica, repetitiva, sin creatividad o ilusión; que el tiempo humano es exacto, sin opción de ningún tipo de variación deliberada. Bajo esta premisa, no debería sorprender que México viva en un constante estado de pánico y de alerta, como si las garantías individuales y los derechos de los ciudadanos se hubieran suspendido justo unos minutos después de la firma de la Constitución.

Actualmente vivimos en un país donde un estudiante puede desaparecer camino a la escuela y ser encontrado muerto unos días después, arrumbado en una barranca. Vivimos en un país donde dos menores mueren trágicamente y la investigación de su violento final busca redimir una posible ejecución extrajudicial en lugar de castigarla. Vivimos en un país donde es asesinada una mujer de compañía unos meses después de declarar públicamente que su novio la amenazó de muerte y nadie dice nada. Vivimos en un país lleno de cadáveres que se apilan unos sobre otros, incontables muertes que se quedan sin revolver, vidas que no se lloran. Somos un país que le vale madre sus muertos, sus estudiantes, sus periodistas, sus hijas y, sin embargo, sí se preocupa por el resultado de un partido de fútbol. México apesta a muerte, se encharca en sangre derramada, y nadie dice nada, ni nos preocupa.

Una mujer descalza cubierta la cabeza con un rebozo negro espera que le entreguen a su muerto.  22 años, Politécnico: un hoyo rojo en el costado hecho por la M-1 reglamentaria.

– Juan Bañuelos.

¿Hasta cuándo vamos a parar esta masacre? ¿Qué necesita pasar en nuestro país para que nuestra memoria colectiva no sea tan líquida, que constantemente se resetea con cada cambio de sexenio? ¿Por qué se nos olvidan nuestros muertos? ¿Acaso no hemos tenido ya suficiente de toda la violencia, toda la sangre, todas las desapariciones forzadas?

La matanza de Tlatelolco, ‘El Halconazo’ de Echeverría, la masacre de Aguas Blancas, el plomazo de los inmigrantes en San Fernando, la madrugada de Tlataya en el Estado de México, la desaparición forzada de los 43 estudiantes en Ayotzinapa, las fosas clandestinas de Tetelcingo, los 42 periodistas asesinados en el sexenio de Peña Nieto… Hasta octubre del año pasado se sumaron 114 mil 061 homicidios dolosos, 234 mil 996 asesinatos en total si le sumamos el sexenio de Felipe Calderón. ¿Realmente podemos seguir ignorando esa cifra?

Hechos que serían graves en una sociedad civilizada,

nosotros los miramos con indiferencia y hasta como normales.

– Manuel Moreno Sánchez.

¿Quién decide cuáles vidas valen la pena llorarse y cuáles no? ¿Acaso queremos continuar viviendo en un país de barbarie? Me gusta pensar que somos mejor que todo esto. Si algo nos demostró el 19 de septiembre fue que sabemos unirnos, que somos fuertes en conjunto, que los cambios suceden cuando las manos se juntan, los ciudadanos se apoyan, cuando no importa de dónde viene ni quién carajos es el de a lado porque también es mexicano… ¿O acaso eso también ya se nos olvidó?

Mexicano ya despierta, que no queda suficiente espacio en los panteones ni sobradas son las flores para cubrir el olor a muerto de las calles.

 

Ilustración de portada por Yescka.

  • Bibliografía
  • “- Poniatowska, Elena. La noche de Tlatelolco. México: Editorial ERA, 1971.  Impreso.”

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