Cierra los ojos y piensa en Sofía. Ya se le había olvidado que tiene que estar dormido para poder volver a verla.

Camina por la cubierta descalzo, pero con una playera sobre el traje de baño. Está completamente solo, pero siente miles de miradas sobre él.

Se sienta en un camastro y suspira, luego le apetece acostarse. Cierra los ojos y piensa en Sofía. Ya se le había olvidado que tiene que estar dormido para poder volver a verla.

Ya cumplió un año de no saber nada de ella, y de no sacarla de su mente ni un instante. Nadie lo ha querido de la forma en la que Sofía lo quería.

Alberto ya no encuentra ninguna buena razón para volver a casa, ni para matarse cocinando su famoso espagueti con albóndigas, ni para caminar bajo la lluvia, ni para ir al campo los fines de semana, ni para nada de nada.

El crucero sólo es de una semana, pero Alberto desearía nunca volver a tierra firme.

-“bip-bip”- suena el teléfono despertándolo de su pequeña siesta.

Es un e-mail de Marian, su hermana, ofreciéndole un perrito que encontraron en la calle.

Alberto contesta muy secamente el mail rechazando la oferta.

“Ningún perro jamás podrá reemplazar a mi Sofía”

 

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