Hay algo increíble en este filme que ha trascendido tantos años y que precisa que el poder de la convicción jamás se ira.

*Spoilers Ahead*

Quizá no se lea tan descabellado cuando escribo que El Exorcista es quizá la película de horror más icónica de todos los tiempos. Basta fijarnos en el póster —uno de los más reconocibles junto al de Tiburón— y el score, que por mucho tiempo fue razón para que tu morro interior de primaria temblara y presumiera las muchas veces que tus papás la vieron y se apagó la luz a la mitad de la transmisión.

Tanto oí de El Exorcista antes de verla que cuando por primera vez la ví, no comprendí por completo el hecho de que la catalogaron como una película de horror. Esta película es un drama hecho y derecho y son sus personajes quienes hacen la mejor apología para poder establecer esta conclusión, pues tienen arcos narrativos bien establecidos en emociones humanas y situaciones de angustia determinadas por sucesos reales y no paranormales.  

No es casualidad que, en una película que tiene de nombre El Exorcista, el acto per se del exorcismo que tanto ha llamado la atención se realice hasta contada la primera hora de desarrollo en la película —contado y comprobado—. Quizá podría parecer que hoy, con tantas películas de miedo, lo normal sería establecer los jump scares o al monstruo de la película contados los quince minutos de la película. Me parece que aquí, la real intención del drama se divide en dos partes: uno es el familiar, que es donde se desarrolla el conflicto entre una madre y su hija. Como saben, la historia gira en torno a Reagan, una joven niña quien al interactuar con una Ouija termina siendo poseída por un demonio. Sin embargo, esto no se manifiesta hasta más desarrollada la historia porque en un principio la madre hace lo que cualquier otra madre haría cuando su hija manifiesta algún malestar: llevarla al médico. Además de un pediatra, neurólogos y tratamientos experimentales están también presentes, pero ninguno funciona. Hasta entonces se sugiere el ritual del exorcismo, que justo en la década de los 70 se consideraba anticuado y poco útil debido al descubrimiento y desarrollo de tratamientos contra la esquizofrenia y otros trastornos mentales.

Entonces, al final, ponernos en el lugar de la madre como audiencia crea una conexión terrenal con el horror de no saber qué es lo que tiene Reagan. El verdadero horror de una madre soltera es qué podría pasar con su hija y que esté fuera de sus manos el poder salvarla. La segunda parte que establece el drama: el Padre Karras —excelente nombre, excelente personaje— quien recientemente perdió a su madre y también está perdiendo la fe por su religión. Establecido este tablero, podemos ver un poco las piezas fundantes que tiene la película respecto a lo que quiere decir en su trasfondo. Primero, el ya famoso debate ciencia contra religión. Y aunque esta película no pretende ser una defensa sobre el cristianismo, sí se basa de manera contundente sobre una creencia en general que es el bien contra el mal, así como el poder de las convicciones y la propia individualidad que existe en el paradigma religioso. El padre Karras está lejos de ser un santo: podemos verlo dudar, lo cual siempre hace más creíble a un personaje. Por eso, al final su sacrifico recae en una emoción mucho más positiva y en un creíble  cierre de arco narrativo.

Con todo esto planteado, realmente cuando se llega a la escena del exorcismo y vemos al padre Merrin llegar (en esa excelente toma de él afuera de la casa y el cuarto iluminando su silueta, fotografiada por Owen Roizman—) no podemos evitar sentir la piel de gallina. Pues el filme lleva una hora preparando este momento: la gran batalla del bien contra el mal, un duelo semejante a Darth Maul contra Obi Wan y Qui Gon en Star Wars. Icónico desde el primer momento que se ve, pues deja grandes frases colgadas en nuestro inconsciente como “THE POWER OF CHRIST COMPELS YOU” o “YOUR MOTHER SUCKS C*CKS IN HELL” —está última no tan elegante, pero siempre termina arrancando una carcajada—.

Si no has visto El exorcista, te recomiendo que lo hagas. Si ya la viste y estás leyendo esta breve opinión, te recomiendo volver a verla. Creo que hay algo increíble en este filme que ha trascendido tantos años y que creo que puede ser el poder de la convicción, de que quizá muchas veces la propia creencia individual, seas ateo, religioso, pseudo intelectual, mirrey, mirrey hipstersón, anyways, seas quien seas nunca se irá. Todos estamos convencidos hasta cierto punto de que estar alineado con lo que queremos nos potencializa a ser mejores, y que muchas veces, cuando no nos hallamos, solo necesitamos encontrar el punto que nos balancee y nos acerque a lo que buscamos ser. Sólo espero que ese punto no sea un exorcismo, ojalá sea más fácil para ti.

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