Mare Advertencia Lirika pertenece a la primera generación de raperas originarias de Oaxaca. En entrevista con Eleane Carolina Herrera Montejano para "C de Cultura" habla del arma más valiosa que ha adquirido a lo largo de su carrera: nombrarse zapoteca.

Por Eleane Carolina

“En el momento en que empecé a hacer rap, aunque no tenía claro qué quería decir, fue lógico que empezara a escribir sobre cuestiones de protesta, consciencia social y con una postura política porque el lugar desde el que me tocaba hablar, en el que yo encontré mi palabra, no era un lugar de privilegios. No siempre hablé de los mismos temas, ni me revindiqué desde los mismos lugares, pero el rap me dio la libertad para cuestionar la realidad a partir de la palabra”, dice en entrevista la zapoteca Mare Advertencia Lirika, integrante de la primera generación del rap en Oaxaca. Explica que siempre tuvo una afinación especial con el lenguaje y la palabra, sin embargo, sus aspiraciones dentro del ámbito académico cambiaron cuando una maestra le dijo que no servía para la poesía. Fue así que se acercó al rap. Mare comenzó su carrera en el 2003, a sus 16 años, y cuando en 2004 el grupo se separó, ella junto con las raperas Itza y Luna, crearon el colectivo Advertencia Lírica: las primeras mujeres en hacer rap en Oaxaca.

¿Cómo es abrirse paso de rapera? ¿Has encontrado racismo y machismo en tu carrera?

El racismo dentro del rap existe, sin embargo yo fui de la primera generación, en un momento donde no había mucha comunidad hip-hop en México, no teníamos espacios. Además de ser rapera empecé con la gestión cultural porque como no había público ni eventos teníamos que generarlos. Organizar mis eventos fue un privilegio con respecto a otras personas porque no necesitaba que me aceptaran en los eventos de otros, y nosotras teníamos el poder de elegir a quiénes invitar y poner en el flyer y a quiénes no.  

Es un privilegio que nos ganamos a partir del trabajo colectivo porque nos aventamos a organizar en un momento en que no había espacios culturales, ni mucha comunidad hip-hop. Nos enfrentamos más a situaciones de machismo que de racismo, o por lo menos es lo que he logrado analizar hasta el día de hoy. También puede ser que en el momento no me di cuenta, pero siento que la línea entre racismo y clasismo están muy juntas, y en el rap no son tan presentes porque se genera en lugares marginalizados donde todos pertenecemos a este mismo sector de la sociedad, no privilegiados.

En cierto sentido la idea de “ser real” tiene mucho que ver con qué tan precarizada es tu realidad, te da un estatus, y creo que soy muy real en este juego porque salí de un lugar marginalizado, vengo de un sector oprimido, porque como mujer tampoco habíamos muchas y me tocó lidiar desde el principio con generar los espacios.  

Comentas que no siempre te revindicaste desde los mismos lugares, ¿cuáles serían los momentos destacados en tu proceso de reconciliación con tu cultura e identidad?

Cuando a través del rap logré migrar a Estados Unidos me pareció muy curioso conocer pueblos originarios de Oaxaca en ese territorio, particularmente la comunidad mixteca que es la principal afectada por desplazamiento económico. Conocí a una familia de 3 generaciones de migrantes, cuya nieta nació en California, las hijas en Baja California, la mamá nació en Veracruz, y la abuela era de Oaxaca. Y todas ellas se asumen mixtecas, son hablantes -aunque se ha perdido la parte lingüística-, tienen muy presente la cultura. Se me hacía impresionante cómo después de tanto recorrido en territorito, en tiempo y en experiencia se nombraban mixtecas. Me hizo cuestionarme quién soy yo: tenía claro que vengo de un pueblo originario, que mi familia – mi mamá, abuelas, papá, abuelos paternos- toda viene de una comunidad zapoteca de la sierra norte…y, ¿por qué yo ya no me nombro zapoteca?  

Me nombraba como descendiente de zapoteca y no como zapoteca. Esa migración me dio la claridad de que sí soy zapoteca: puedo ser desplazada, no tener territorio, y aunque mi comunidad perdió la lengua eso no me arrebata mi origen. Muchas comunidades desplazadas lo que tenemos es intentar sobrevivir.

Cada pueblo originario tiene su cosmovisión, tenemos similitudes y diferencias, pero cuando a mí el Estado me dice “mestiza” -que durante un tiempo me consideré así- es arrebatarte tu raíz, tu origen e historia. Además, con esa insistencia dentro de la formación académica sobre la identidad nacional que se refuerza en la escuela –alabanza de los símbolos patrios y materias para volvernos “mexicanas”-, de repente me doy cuenta de que sí habito este territorio pero hay particularidades en mi historia que no corresponden a nombrarme mexicana, que tienen que ver con la experiencia de vida de mi familia y las opresiones que hemos atravesado, con el desplazamiento que se niega y que también me ha hecho ser migrante.  

Mi mamá salió a los 8 años de su comunidad, y yo vengo a ser la primera generación nacida en ciudad, pero también la que empieza a voltear atrás y me reconozco ahora como zapoteca. Lo asumo como postura política porque reconozco el racismo que se vive sistémicamente y porque sé que mi voz responde a esas lógicas. Mucho de la concepción de las relaciones que tenemos en la comunidad, de las formas de trabajo y la relación con la naturaleza responde a esta cosmovisión zapoteca.  

Al ver mi color de piel sé que no soy europea, soy de piel café, y simboliza una representación dentro del estatus que habito: sé lo que es el racismo y cuando transito fronteras es obvio que no soy bienvenida en territorios por mi color de piel, estatura y facciones. El rap me dio para conocer y cuestionar cosas que antes me parecían obvias, de las que me fueron alejando, y ahora lo que hago es que voy caminando hacia atrás.  

¿Por qué usar el rap como herramienta social y no como distracción? ¿Por qué no seguir en la negación?

Viendo desde el machismo yo sé que a muchas compañeras aún les cuesta pronunciarse desde la lucha contra el patriarcado, y que para mucha gente es difícil nombrarse desde el anti-racismo o anti-colonialismo, es más cómodo el mestizaje que nos hicieron creer.

Lo que he aprendido, para mí, es que no quiero volver a tener estas ambigüedades. Esa pregunta de “¿quién soy?” la sigo respondiendo. Nombrarme zapoteca implica que reconozco el territorio e historia de mi familia, las opresiones que tuvieron que vivir y es una manera de ir sanando heridas.  

Asumirme es tomar responsabilidad por mi familia, comunidad y la historia no contada de un pueblo que existe en la actualidad.  

En Oaxaca hay mucho folclor con sitios como Monte Albán, Mitla, y me choca que el turismo va a esos lugares por gusto a conocer esas ruinas. Claro, ve y conoce, pero a mí no me gusta ir a un lugar que ya está muerto, a mí me gusta ir a la fiesta de los pueblos porque las comunidades seguimos vivas. Nuestra cultura sigue viva en la actualidad, y es una responsabilidad política reconocernos desde ahí, entablar esta lucha, enunciarnos zapotecas, tzotziles, mayas, quechuas, mapuches es reconocer que existimos aún.  

Somos, aún, vivimos. Los pueblos originarios estamos aquí, atravesando la negación histórica que existe. Prefiero nombrarme zapoteca a seguir siendo llamada “india”, porque ese es un lugar en donde yo valgo menos que una persona de piel blanca, donde tengo menos oportunidades de desarrollo que personas de territorios al norte, y porque el desplazamiento y las necesidades de trabajo y alimento propiciaron la muerte de mi padre. Ser zapoteca me representa claridad del lugar que ocupo en el mundo, para bien o para mal.  

Eleane Carolina Herrera Montejano (1996) nació en Tamaulipas pero nunca vivió en ese lugar. Es licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana y reportera de Cultura y Academia por ahí. Feminista de la corriente más corriente, tiene un ojo en el texto y un pie en la calle. Le interesa la divulgación del conocimiento, y llamar la atención sobre las diversas formas que éste puede tomar.

Portada: Ariel Ojeda

Envíaselo a un amigo