A lo largo de la historia del cine mexicano, salvo en algunos casos excepcionales, la homosexualidad ha sido representada de manera negativa y burlona en comparación a la masculinidad hegemónica. Sin embargo, cada vez hay más películas mexicanas que otorgan un rol protagónico a personajes de la comunidad LGBTIQ+.


“me chingaban a cada rato con eso si hubiera sabido que la homosexualidad es una cosa de lo más normal ¿no? como pienso ahorita que cada uno tiene derecho a hacer con su vida sexual lo que se le pegue la gana ps no me hubiera sentido tan mal ¿verdad?”

Adonis García, Vampiro de la colonia Roma


Por Francisco Marín

La diversidad es lo que nos caracteriza como seres humanos. Son nuestras diferencias las que nos hacen únicos y enriquecen nuestro entorno y a nosotros mismos como individuos. Lo diferente forma parte de nuestra esencia, pero, existen normas hegemónicas que dictan el deber ser de nuestras vidas. Se trata de un régimen que oprime a aquellos que osan salirse del molde, que condena a todos los que buscan tener una forma de vida que desafía al status quo y que castiga a las personas que no son “normales”.

Como hombres y mujeres tendemos a encontramos bajo el supuesto de que hay una única forma de comportarnos y existir de acuerdo a nuestro sexo. Con frecuencia asumimos los roles de género que se han perpetuado a través de la sociedad y la cultura a lo largo de los años como propios, aunque podamos no sentirlo así. Fuimos educados bajo un sistema binario que no da cabida a la diversidad sexual pues esta rompe con todo lo establecido en el imaginario. Es bajo este mismo esquema que surge la masculinidad, que hace referencia a los atributos que debe tener un hombre para ser hombre. Nuestros discursos, nuestras costumbres, nuestras expresiones, nuestros ídolos y nuestra cotidianidad han sido moldeados bajo esta ideología dominante y la reproducimos y consumimos ad nauseam incluso sin darnos cuenta.

El cine ha sido, desde sus inicios, un agente directo y activo en la formación de identidades, cultura y conceptos a través de las representaciones que habitan en sus imágenes. Como seres humanos somos el resultado de nuestro contexto social, los discursos que recibimos y los símbolos que observamos. En México el cine ha tenido un papel fundamental al momento de legitimar modos de vida, conductas y la forma en que se es hombre o se es mujer.

Las representaciones cinematográficas nos permiten conocer al otro, entenderlo y empatizar con él; pero también pueden hacer todo lo contrario. El cine nacional, por lo general, ha validado el arquetipo de macho mexicano como masculinidad hegemónica y ha otorgado a los hombres homosexuales rasgos caricaturizados con desenlaces trágicos, mismos que se justifican debido a su condición divergente. En pocas palabras, el cine mexicano ha dejado al descubierto uno de los mayores monstruos de nuestra sociedad: la homofobia.

El séptimo arte ayudó a la consolidación y al establecimiento de una masculinidad hegemónica, dotando a la nación de imágenes que llegaban a todos los rincones del país donde se establecían los arquetipos de hombres y mujeres. En el caso masculino, Pedro Infante es uno de los ejemplos más claros de dicha idea. Sus personajes retratan al hombre común, carismático y trabajador. Infante es un hombre humilde ante los ojos del espectador, de actitud recta y encantos físicos evidentes. Se trata de un objeto de deseo que al mismo tiempo es la masculinidad mexicana encarnada.

Dos tipos de cuidado (Ismael Rodríguez, 1952)

La contraparte de los héroes y charros que fascinaban a los ojos eran los maricones, hombres que no poseían la valentía, gallardía o atractivo de los protagonistas. Las imágenes de homosexuales que encontramos en el cine mexicano comienzan como una forma de alivio cómico para el espectador, se trata de representaciones caricaturescas que rayan en lo burlesco. Son hombres afeminados que, por poseer tal característica, no son hombres hegemónicos. Su aspecto causa gracia o incomodidad, no son personas que sean bienvenidas por la norma y serán maltratados por aquellos que los rodean simplemente por su apariencia y vestimenta. 

Esto se puede observar en cintas como La casa del ogro (Fernando de Fuentes, 1938), donde un hombre ataviado de vestimentas de seda y con maquillaje evidente actúa de manera femenina con sus ropas floreadas y es mal visto por el resto de los personajes, quienes no dudan en llamarle “maricón” de forma despectiva. El homosexual encontrará después un tono picaresco en Modisto de señoras (René Cardona, 1969) donde el protagonista finge su orientación sexual con la finalidad de acercarse y conquistar a las mujeres.

Modisto de señoras (René Cardona, 1969)

No será hasta la década de los setenta que la representación de los homosexuales en pantalla comenzará a cambiar. Los marcados (Alberto Mariscal, 1970) nos introduce a una relación por demás problemática, entre un padre y su hijo que son bandidos y ¡amantes! La relación amorosa entre ambos hombres es evidente, además de que la atracción que “El Niño” (Javier Rúan) siente por otros hombres se manifiesta en miradas obvias y correspondidas por otros varones. Este también presenta rasgos de conflictos psicológicos (asociados, por supuesto, a su homosexualidad). La cinta es revolucionaria al momento de mostrar hombres homosexuales alejados por completo de las narrativas a las que eran asociados y de los cuerpos y características femeninas que los definían en pantalla. De igual forma, el descaro de mostrar homoerotismo en el celuloide es admirable, más cuando era impensable si quiera pronunciar la palabra homosexual en ese entonces. Esto porque, a pesar de situarse justo después de los sucesos de Stonewall en 1969, la homosexualidad en México seguía siendo invisibilizada. A pesar de que las voces de activistas comenzaban a alzarse no sería hasta 1979 que nuestro país tendría su primera marcha del orgullo que, si bien no fue multitudinaria, sí fue trascendental para todo lo que ha acontecido desde entonces en pro de los derechos de la comunidad LGBTIQ+. El desenlace trágico para los amantes de Los marcados es esperado e incluso aclamado por el público que veía en ellos a los villanos de la historia y, con su caída, la victoria de un héroe, muy macho, que reinstaura el orden hegemónico en la sociedad.

Los marcados (Alberto Mariscal, 1971)

Quizás una de las películas más emblemáticas para la comunidad LGBTIQ+ en México es El lugar sin límites (Arturo Ripstein, 1978). Su importancia radica en la afronta al machismo al momento de otorgar a un hombre homosexual, que además es travesti, “La Manuela” (Roberto Cobo), el protagonismo de su relato. Plagada de homoerotismo, este filme es responsable de mostrar el primer beso entre dos hombres en el cine nacional y, no solamente eso, sino que muestra al hombre como posible objeto de deseo y mirada por parte de otro varón. Ripstein fuerza a la audiencia a observar, en primer plano, la entrepierna de Pancho (Gonzalo Vega) en una de las secuencias más sensuales del cine mexicano. Si bien el desenlace es trágico para “La Manuela”, Arturo Ripstein, nos muestra a su personaje con una humanidad que trasciende la pantalla y nos hace simpatizar, por primera vez, con un personaje que pertenece a las disidencias sexuales. Ya no existe entonces un solo tipo de hombre, los machos también usan tacones y ya no soportarían la invisibilidad de antes.

El lugar sin límites (Arturo Ripstein, 1978)

Una de las figuras más importantes dentro de la historia del cine mexicano es, sin duda, Jaime Humberto Hermosillo, una voz incómoda que ofrecía en sus filmes una crítica punzante a la clase media nacional al evidenciar su descaro. Hermosillo era un cineasta abiertamente homosexual que incluyó en varias de sus historias la presencia de la comunidad LGBTIQ+. La más importante es, posiblemente, Doña Herlinda y su hijo (Jaime Humberto Hermosillo, 1985), la que es considerada como la primera “película gay mexicana”. Se trata de un filme completamente exhibicionista, donde el cuerpo masculino es mostrado desnudo y con deseo; los encuentros sexuales entre la pareja son visibles para el espectador, así como la intimidad que existe entre ambos, pero el aspecto que más destaca es que el director les brinda a sus personajes la posibilidad de un futro juntos, lo que, en muchas ocasiones, hasta la fecha, nos es negado.

Doña Herlinda y su hijo (Jaime Humberto Hermosillo, 1985)

Tras este hito audiovisual para la homosexualidad mexicana, las representaciones comenzaron a caer a cuenta gotas y las que existen distan de tener el protagonismo del relato. Mucho se debe a que las producciones de Ripstein y Hermosillo fueron realizadas desde la resistencia del cine independiente que poco a poco perdía la lucha contra el boicot que el mismo gobierno mexicano hacía contra su cine en su afán de volver a una “nueva época de oro” donde se retomaran los valores familiares. Por si eso fuera poco, la llegada del VIH y su asociación directa con los homosexuales no facilitaban las cosas. El regreso al clóset fue forzado, pero no se permanecería ahí por siempre. Se debe mencionar que hubo algunas imágenes positivas de la diversidad sexual dentro de este periodo, donde el personaje de Susy (Tito Vasconcelos) en Danzón (María Novaro, 1991), un travesti que ayuda a la protagonista en su viaje, es mostrado con ternura y como una persona que es parte importante en la transformación, tanto del relato como del personaje central. Su final dista de la tragedia a comparación de “La Manuela”, en tanto que su existencia ya no es solamente visible, sino que también es permitida.

Pasarán varias décadas hasta ver nuevamente a los homosexuales con roles protagónicos en sus relatos. Será nuevamente Jaime Humberto Hermosillo con sus eXXXorcismos (2002) quien traiga de vuelta la visibilidad a nuestras historias. Un año más tarde, una de las voces más relevantes en la realización de cine LGBTIQ+ en nuestro país, Julián Hernández, sorprendería con su ópera prima: Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (2003).

Hernández ha creado en su filmografía una estética queer en donde el cuerpo masculino encuentra libertad. Pone la mirada en aquellos sitios donde los ojos buscan encuentro. Se trata de una forma de reapropiación de la ciudad, de nuestros deseos y de la posibilidad de protagonizar y contar las experiencias propias.

Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás dejarás de ser amor (Julián Hernández, 2003)

Hoy todavía encontramos estereotipos y representaciones negativas de la diversidad sexual en nuestro cine. Tal es el caso de Hazlo como hombre (Nicólas López, 2017) o Pink (Paco del Toro, 2016) donde la primera disfraza un discurso homofóbico con una fachada de aceptación y la segunda fuera prácticamente realizada por encargo de instituciones moralinas para denunciar los peligros de la homosexualidad. Sin embargo, también se ha empezado a mostrar una mayor presencia de la homosexualidad en el cine mexicano. Notables filmes como Quebranto (Roberto Fiesco, 2013), Te prometo anarquía (Julio Hernández Cordón, 2015) o Sueño en otro idioma (Ernesto Contreras, 2017) han logrado traer a la pantalla nuevas representaciones en donde la sexualidad y la masculinidad se tuercen y generan nuevas experiencias para el espectador. Lentamente, pero con paso firme, el paradigma está cambiando y no hay nada más esperanzador que encontrarse a uno mismo y escuchar su voz en la pantalla.

Semblanza

Francisco Marín es Maestro en Estudios Cinematográficos por parte de la Universidad de Guadalajara y Licenciado en Ciencias de la Educación por la Universidad La Salle. Sus líneas de investigación son la representación de la homosexualidad y masculinidad en el cine. Ha colaborado para diversas revistas electrónicas y participado en diversos proyectos editoriales. Escribe y edita el sitio web Miradas Múltiples.

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