Yo caminaba en la última semana. Fue el miércoles 27 de enero, el día antes del cumpleaños de mi hermana mayor. Con la mano derecha contaba los días que faltaban del mes. Cuatro.

Hace unas semanas yo era una chava del sábado 6, y ella, del jueves 11. En esas primaveras el paso del tiempo no era algo que pensabas, sino algo que veías. La edad se hallaba en los dedos. Si yo podía levantar el pulgar de la segunda mano, seis, mi hermana ya necesitaba otra.

Mientras caminaba, pensaba la fecha con la palma, y los minutos con los pasos. El siguiente día se acercaba, y ella, con 32, ya no cumplía años como los días de un mes. La medianoche marcaría el cambio de un calendario de vida a otro.

Siendo las 18:03 de ese día 27, en la colonia Pedregal de Santo Domingo, una niña del lunes 1 o martes 2 se acercó a un taller de bicicletas. La prisa de sus pies le hacía llegar más rápido que el atardecer. Yo estaba en el mismo lugar. En el cielo vi los colores de mis jueves 4 y viernes 5, de cuando percibía la vida como algo a lo lejos, reflejada en el antojo que traía en el paladar. Cielo azul, rosa y suave, yogurt trix.

Para llegar al taller hay que atravesar la acera eterna y salir al brazo de la Avenida Delfin Madrigal. Sus bicicletas como amuletos están reunidas. En ellas imaginé los cuerpos haciendo tiempo sobre los asientos. Los vi felizmente enlazados y balanceándose; cada esqueleto era una máquina en movimiento, en dos partes. Percibí los huesos presos de quienes presenciamos la avenida. Nos agradecimos la convivencia. Aquella tarde, una inocencia revoloteaba en mi muñeca izquierda. En el techo del taller solo colgaba una silla para bebé. En la puerta, el manubrio de mi bicicleta rozó una pequeña cabeza protegida con cubrebocas.

La niña comenzó a curiosear un cubo de plástico con un juego dentro y apoyado en cuatro patas. Medio metro abajo de mi, la niña jalaba y golpeaba para que las figuras encerradas se movieran. El mundo con el que interactuaba vivía en una caja, jugaba en una caja, ganaba o perdía en una caja. Para ella yo era un fantasma de una semana aún lejana, aunque del mismo mes.

Las llantas de las bicicletas rodaron la película de la tarde, la chava musicalizó el paso de los minutos, y la avenida despidió diez cuerpos más. Volví a ver la silla de bebé columpiándose, no por el viento, sino por el temblor del suelo que sostenía tantos cubos que empalmaban tantos cuerpos. Pequeños pies fantasma tocaban la corona de mi cabeza. El calendario en la pared mostraba el mes de febrero. Los huesos, esperando, preguntaron.

Ojos condicionados guiaban a la niña una y otra vez a la esquina del taller donde yo esperaba para irme de nuevo a mi cubo, sobre otros cubos, rutina que ya estaba por cumplir un año. Otro año golpea fugazmente la ventana, y en ella veo entretenida a la niña del martes 2.

 


Caitlin (Cait) Cooper (Pensilvania, 1995) es periodista, documentalista y poetisa. Después de estudiar relaciones internacionales en su tierra natal decide expatriarse a Galicia para luego aterrizar en el Valle de México. En Galicia dirige su primer documental, Or(illa), sobre un matriarcado de mariscadoras a pie, el cual está por terminar en Estudios Churubusco. Desde la Ciudad de México co-conduce la casa productora Cine Vita, donde investiga y produce documentales de diversos géneros. Aparte de su trabajo documental, Cait trabaja activamente como periodista independiente, escribiendo y fotografiando historias mexicanas para medios internacionales. La escritura es su manera de aterrizar mientras la foto la ayuda a despegar.

Portada: Irune Arancibia

Ilustración: Isabel Palacios Macedo Aguilar

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