Por Camilo Rodríguez

 

La pornografía no es un objeto sino una relación entre un objeto y el espíritu de una persona.

Georges Bataille

 

Lado A: De Sade al daguerrotipo en la pornografía

El siglo XVIII en Europa estuvo marcado por la crítica de los dogmas de fe, las cegadoras luces de la razón y el ideal de compendiar todos los saberes humanos en una Enciclopedia. Bajo ese telón de fondo no extraña que el Marqués de Sade haya registrado con un afán taxonómico los recovecos del deseo humano y sus aberraciones. Su figura –de pseudo aristócrata glotón, sinvergüenza y arruinado– y su novelística marcarían un hito en la historia del erotismo, la pornografía y la psicología en Occidente. Doscientos años después de su publicación (e incontables censuras) sus obras han sido objeto de reflexiones filosóficas desde el estructuralismo, el post-estructuralismo, el feminismo y la teoría queer. Sade fue un aristócrata en decadencia que vivió 27 años en cautiverio y enfrentó el repetido ataque de sus detractores la mayor parte de su vida, situación que se encuentra plasmada no solo en la espacialidad de sus obras (claustros, mazmorras, prisiones, celdas, conventos, escuelas, etc.) sino en su catálogo de prácticas sexuales vinculadas a la agresión, el sufrimiento y sobre todo al placer que provoca el dolor ajeno y el propio.

El masoquismo es un concepto creado a partir de la literatura del escritor austríaco Leopold von Sacher-Masoch y en particular a partir de su Venus de las pieles (1870), obra que retrata la relación de un joven que disfruta con las humillaciones y agresiones de una hermosa mujer a la cual extorsiona para que lo trate como su esclavo. No obstante, en las novelas de Sade yace el germen de las prácticas que ponen en evidencia las problemáticas relaciones de poder que determinan el acto sexual en nuestros días. En vez de situarlo en su Historia de la sexualidad, Michel Foucault analiza a Sade en su Historia de la locura, pues la obra del Marqués ocurre en un umbral donde la permisión y la desmesura se besan para cuestionar los engranajes de la razón humana: “La aparición del sadismo se sitúa al momento en que el sinrazón, encerrado desde hacía más de un siglo y reducido al silencio, reaparece, no como figura del mundo, tampoco como imagen, sino como discurso y deseo”[1].

Hoy el valor político de la producción de Sade salta a la vista. Su obra expone al desnudo los temas, los nexos y los vínculos latentes entre el poder y el sexo. Prácticas como el bondage (el gusto por atar los cuerpos como parte del acto sexual), la sumisión, las orgías interraciales y la homosexualidad resurgieron en Las ciento veinte jornadas de Sodoma (1785), no en vano escritas por Sade cuando estaba encarcelado en la emblemática prisión de la Bastille. En Justine o las desgracias de la virtud (1791), quizás su obra más conocida, se articulan los dilemas sexuales en el marco de la ética normativa judeo-cristiana: una joven bella y virtuosa en situación de necesidad llega por azar a un convento (alegoría de la religión), luego a una casa (alegoría de la vida doméstica) y después a una tienda (alegoría de la vida pública) donde supone que va a recibir ayuda. En cambio, Justine es víctima de todos los suplicios posibles: agresiones psicológicas, violaciones, humillaciones públicas, privadas y todo tipo de juicios e injurias de los distintos círculos sociales que recorre en su doloroso periplo.

“Acuarela 6”, Los borbones en pelota, álbum de láminas satíricas del siglo XIX solo publicado hasta 1991 por Robert Pageard, Lee Fontanella y María Dolores Cabra Loredo. Imagen para reutilización con licencia Creative Commons.

 

En el ensayo ¿Hay que quemar a Sade? (1953), Simone de Beauvoir enfrenta la postura abolicionista del feminismo ortodoxo que, desde su airada lectura, habría de condenar a Sade, al igual que al resto de representaciones eróticas y pornográficas de la historia humana. De Beauvoir no romantiza su figura, ni deja de lado la repulsión que pueden producir sus inventarios de perversiones sexuales e incluso su vida mediocre de aristócrata aburguesado. Sin embargo, la pensadora descifra a Sade desde la axiología, valora su crítica al sinsentido del moralismo, que llama “moral de la autenticidad” y reconoce su “reivindicación de la verdad humana contra las abstracciones y las alienaciones que solo son huidas”. En su deriva perfila al Marqués como un privilegiado que no quería conformarse con su privilegio, sino socavar las injusticias “para reconocer que hay otra justicia posible y que esa justicia no es la suya, la de su sociedad”[2].

Durante la revolución francesa la pornografía fue un vehículo de reivindicaciones sociales y de diatribas contra los detentores del poder. Caricaturas de María Antonieta retratada como una prostituta, de los reyes europeos en un burdel o sodomizados por “la plebe”, litografías de baja calidad tenían una alta circulación en los futuros guetos de ciudades como Praga, Roma o París. Más allá del objetivo demagógico-político (atraer adeptos a la causa revolucionaria o partidista), las imágenes reproducían el imaginario de dominación y poder del hombre sobre la mujer y del activo sobre el pasivo en las relaciones homosexuales.

A lo largo del siglo XIX el camino de la pornografía está marcado por dos fenómenos esenciales: la conformación de la sociedad victoriana en Inglaterra, cuyo modelo de censura se extiende a otras sociedades en Europa y posteriormente a Estados Unidos; y la invención de la fotografía, que consolidó su contenido a través de sus formatos de baja calidad en el mercado negro. La doble moral inglesa era evidente en los protocolos sociales de la vida pública y contrastaba con las (también evidentes) prácticas clandestinas asociadas al licor, la prostitución, las apuestas y las drogas. Así se concretó lo que hoy conocemos como underground, que en un principio acontecía en los sótanos y las cavas de las ciudades industrializadas. Las caricaturas de los reyes fornicando, las pócimas afrodisíacas y las botellas de whisky se adquirían por medio del contrabando, en puertos abandonados o al interior de mercados y burdeles. Por supuesto, los miembros de la alta alcurnia que consumían estos productos, casi siempre hombres blancos, tenían un intermediario que se los facilitaba. Además, una de las consecuencias de las acciones represivas de censura por parte de agentes como los procuradores franceses y el puritanismo victoriano, fue que los autores de las fotos, pinturas y novelas pornográficas se mantuvieran en el anonimato.

En el siglo XIX sobresale una serie de medidas legales dictaminadas por la corona cuyo objetivo no era otro que criminalizar, entre otras cosas, la pornografía.  Se crean cargos acusatorios como “inmoralidad” o “incitación al vicio” para ejercer control sobre los usos y costumbres de la esfera íntima de la población —en un despliegue de poder que un siglo más tarde Félix Guatari[3] habría de bautizar como micropolítica y se refiere a la instauración de un régimen político basado en microrredes de medidas cautelares y disciplinarias. En 1857 se publica un “Acta de publicaciones obscenas” [Obscene Publications Act] secundada por un comité denominado “Sociedad para la supresión del vicio” [Society for the Suppression of Vice] que pocos años después encuentra su homólogo estadounidense en las “leyes de Comstock”, legislación creada con el propósito de “establecer una regulación de los actos inmorales”. Los burdeles, las casas de juego, los salones de opio, la venta clandestina de literatura y pintura pornográfica o juzgada “inapropiada” fueron los enemigos predilectos de estas organizaciones que se comportaron, de cierta forma, como el episcopado de la inquisición lo había hecho en siglos pasados durante sus cazas de brujas. Los agentes de la “Sociedad para la supresión del vicio” hacían redadas nocturnas a sitios de mala reputación —reviviendo la expresión medieval “de mala muerte”; una muerte súbita o producto del pecado[4] — y pagaban informantes en los vecindarios sobre cualquier comportamiento que pudiera despertar sospechas para alguien de “buenas costumbres”. De hecho, “pagaban agentes para obtener evidencia contra comerciantes de literatura indecente”[5], a quienes trataban de interceptar cuando se encontraban con sus clientes, que a menudo eran jóvenes colegialas. Aunque no enlistaron a muchas mujeres, las usaron como espías, pues su rol en la sociedad victoriana las capacitaba para acceder a la esfera íntima de muchos círculos sociales. Los abusos de autoridad eran frecuentes y pese a la firme intención de criminalizar a las prostitutas por ejercer su oficio y su propio control de natalidad —el uso de plantas y medicinas abortivas era común y se transmitía de las dueñas a las jóvenes en los burdeles — resultó imposible detener estas “manifestaciones impúdicas y pornográficas”[6].

 

Las tres gracias, catálogo 545, fotografía de Wilhelm von Gloeden, (1856 – 1931). Imagen para reutilización con licencia Creative Commons.

 

En cuanto a la estética de la pornografía en el siglo XIX, es notable el trabajo fotográfico. Aunque la mayoría de autores y actores son anónimos, el barón alemán Wilhelm von Gloeden y el fotógrafo italiano Gaudenzio Marconi destacan por sus cuidadosos retratos de jóvenes en claroscuro que evocan la expresividad de la pintura manierista y retoman los motivos mitológicos de la antigüedad y el neoclásico. En Francia la obra del dibujante Maurice Martin –en la cual hay frecuentes escenas de pedofilia y violaciones– causa un gran escándalo e influye sobre el famoso pintor y cartelista Henri Toulouse-Lautrec, quien encuentra en la prostitución parisina (el imaginario del cabaret, lo que sería el Moulin Rouge, la indumentaria de lencería en mujeres y sastrería en hombres) un asidero creativo que resonará hasta la estética vintage en el siglo XX.

Otra influencia importantísima y valiosa para la imaginería pornográfica viene de los libros japoneses de estampa conocidos como Shunga — que en japonés significa “dibujos primaverales”, pues la primavera, como estación del florecimiento y los apareamientos, se refiere al acto sexual. Tanto Rodin, como Picasso y Matisse habrían de fundar su estética bajo los encantos de bocetos, grabados y pinturas eróticas venidas del lejano oriente. En las reproducciones del Shunga se representan con delicadeza y precisión escenas de sexo explícito (masturbación, orgías, coitos) que suelen ocurrir al interior de un espacio cerrado, modelado en un trazo fino y colores suaves que evitan los desnudos y cuya imagen transmite cierto misticismo, ingenuidad y una paisajística heredada de los grabados xilográficos tallados en madera y conocidos como Ukiyo-e. Realizadas desde el siglo XVII con mayor libertad que en Occidente, aunque sujetas a eventuales censuras, estas obras rara vez eran firmadas por sus autores (aunque los hubiera famosos y reconocidos) pero se convirtieron en gran fuente de sustento por su alta demanda entre aristócratas y comerciantes. Quizás la pieza maestra del género es El sueño de la esposa del pescador (1814), pintura de Katsushika Hokusai que ilustra una mujer recibiendo un cunnilingus de parte de un pulpo gigante que la ata (en un guiño al bondage, a la zoofilia y a las dimensiones inconmensurables del deseo sexual) mientras un segundo pulpo más pequeño le chupa la boca. Un texto emblemático acompaña el cuadro.[7] Al pensar en la actualidad de la pornografía japonesa, no deja de resultar curiosa la afición de las cadenas que evitan mostrar el contacto genital y que muchas veces esconden pixelizando la imagen

 

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Lado B: ¿una educación sexual en tiempos de pandemia?

La reducción de actividades al aire libre (deporte, salidas culturales, dinámicas grupales, etc.) ha traído un descontento generalizado. Estas prácticas no solo regulaban los niveles de estrés en los seres humanos, sino sobre todo la pulsión de muerte– que según Freud es la proclividad consciente o inconsciente de cualquier persona hacia la agresión psíquica, física y verbal. Además, debido a la disminución de los encuentros sexuales y la dificultad para tener citas con desconocidos, el único aspecto de la vida sexual que se ha beneficiado durante la pandemia es el de las fantasías sexuales, que según las encuestas “aumentaron más del treinta por ciento”[8] en países como México, Argentina y Colombia. Por tanto, el papel de la pornografía puede ser crucial para la nueva normalidad de la vida íntima de jóvenes y adultos. Ante las inminentes separaciones, los brotes de violencia doméstica y los efectos de la aglomeración urbana, una serie de canales como los videos porno, o prácticas como el sexting y el sexo virtual, ofrecen “puntos de fuga” para la libido y la energía sexual.

No es un secreto que “la escuela del porno”, el consumo clandestino de pornografía entre jóvenes aunado a la falta de educación sexual, aumenta notablemente las posibilidades de replicar actitudes violentas de orden misógino, homofóbico y de maltrato infantil. Desde una perspectiva neuronal, los estímulos pornográficos pueden resultar tan adictivos como los de la nicotina o la cocaína. Sus imágenes activan el lóbulo frontal del cerebro, encargado de gestionar los riesgos y las acciones impulsivas. Silvia Gurrola, especialista en equidad de género, refiere este fenómeno con una reveladora investigación:

Diversos estudios en los EE.UU. dirigidos a adolescentes varones mostraron que, después de ver cinco videos ,uno tras otro, clasificados como porno triple X, modificaron la opinión de la gran mayoría acerca de las mujeres. Al contestar los post-tests, aseveraron que las mujeres observadas merecían la violencia a la que fueron sometidas. Ninguno de ellos se cuestionó si alguna de ellas consintió su participación en la filmación, si fueron extorsionadas, drogadas o si eran víctimas de la trata.[9]

Desde luego, el uso de la pornografía siempre será una cuestión compleja, con efectos a corto y largo plazo, difícil de determinar con exactitud y legislar con justicia. No obstante, a lo largo de la historia la prohibición ha resultado una medida represiva, conservadora, anticuada y a todas luces estéril. La acción pedagógica es tal vez la única arma eficaz con alguna incidencia a largo, larguísimo plazo —milenios de hegemonía patriarcal, racista, esclavista y heteronormativa requieren varias generaciones de reeducación, deconstrucción y militancia para atisbar un verdadero cambio de mentalidad. Una educación sexual realista, divertida y desprovista de prejuicios así como equilibrada en sus propósitos, resulta cada día más urgente. ¿Cómo iniciar esa extraña empresa educativa?

 

Sueño de la esposa del pescador, de Hokusai. Alamy Stock photo, derechos de reutilización.

 

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Lado AB: ¿qué hacer con la pornografía en la actualidad?

La aparición del cine y la televisión alimentó de formas insospechadas la realización pornográfica. Aunque era algo que se anticipaba con el arte fotográfico y los daguerrotipos, el formato audiovisual permitió observar la fornicación por primera vez en la historia por medio de la pantalla. Esto disparó la imagen del voyeur como un mirón privilegiado desde 1903, cuando se estrenó en pequeñas salas itinerantes de proyección Le coucher de la mariée [El atardecer de la casada], el primer cortometraje pornográfico de la historia. La película pone en escena el striptease, la poética visual del cabaret y el imaginario del futuro soft porn.

Los formatos de serie b hicieron con la imagen lo mismo que las viejas imprentas de baja calidad habían hecho desde tiempos de Gutenberg: difundir todo tipo de pornografía al gran público a un precio relativamente bajo. En el siglo XX y tras la entronización del modelo comercial del capitalismo, el porno diversificó tanto sus contenidos y sus formatos (para diversos gustos y a diversos precios), que se consolidó como una industria que produce una cantidad inabarcable de dinero cada año– en Estados Unidos, por ejemplo, se producen más de catorce mil millones de dólares anuales[10]. Los desnudos, principalmente femeninos, y los encuadres audiovisuales del sexo genital se focalizan en la penetración anal y vaginal – largas secuencias de un primer plano registran el sexo como frotamiento. Con frecuencia se hace un doblaje con locutores que “actúan” la emoción sensual y en muchos casos no se muestra la penetración o se muestra una penetración que no corresponde a esa filmación porque se trata de sexo simulado: no hay penetración de ningún tipo y los actores fingen el coito, lo cual pone en evidencia la normatividad de la narrativa sexual como algo prefabricado. Por supuesto la mujer rara vez toma la iniciativa y más bien se encuadra su sumisión, su goce controlado por el hombre. Cuando se trata de sodomización entre hombres el esquema se repite bajo la lógica activo-dominante/pasivo-sumiso. En cuanto a las escenas del lesbianismo, nunca se exploran los jugueteos tántricos (la ritualización del acto sexual a través de un toqueteo suave que conduce a una especie de yoga erótico), y se concentran exclusivamente en el goce genital, en su mayoría dirigidas al ojo masculino-heterosexual.

Con raras excepciones como La pareja moderna de la Señora Mariposa (1921) [Le ménage moderne de Madame Butterfly], este discurso se mantiene hasta los años setenta, cuando aparecen las primeras manifestaciones del postporno o “porno hecho por mujeres y para mujeres”.

El feminismo y los estudios de género han abordado la pornografía desde diversos ángulos. A pesar de las divergencias, los análisis confluyen en varios puntos:

1) Los hombres heterosexuales son los consumidores mayoritarios de pornografía y los principales (y casi únicos) agresores sexuales.

2) La mayoría de la pornografía (mainstream) objetualiza el cuerpo femenino y recrea una narrativa patriarcal, dominante y violenta contra las mujeres.

3) Casi la totalidad de la producción pornográfica (95% de porno mainstream que incluye el hard y el soft porn [11]) representa el placer femenino desde la sumisión y el dolor.

4) La pornografía determina considerablemente las expectativas y la performatividad de las relaciones sexuales (ya sean hetero u homosexuales).

Además, nuestra relación con el sexo es problemática, pues parece viciada desde tiempos inmemoriales. El filósofo y psicólogo esloveno Slavoj Zizek cuenta una anécdota muy paradigmática al respecto: una noche, en unos estudios de cine pornográfico de alta calidad en California, dos estrellas del cine porno –un hombre y una mujer– se encontraban en una producción especial. Desgraciadamente, en el momento de la filmación el hombre tenía graves problemas no solo para mantener sino para conservar su erección. Después de probar con distintos estímulos corporales, el actor encontró una solución más eficaz: tomó su Smartphone y se metió a Pornhub para buscar uno de sus propios videos y excitarse con su propia faena. La extraña parábola, que sin ser necesariamente una regla general sí es cuando menos diciente, revela bastante sobre la dinámica narcisista, machista y morbosa de las relaciones sexuales heteronormadas.

No obstante, las directrices de los análisis feministas arrojan una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto la narrativa de la pornografía es responsable de manifestaciones del acoso sexual, las violaciones y los feminicidios? Es algo difícil de saber pero es innegable que el vínculo no es del todo inocente. En los años ochenta se oye una corriente de feminismo opuesta al liberalismo y la apertura sexual (pro-sex y defensa de la libertad de expresión) producto de mayo de 1968 y los movimientos de liberación sociopolítica en Estados Unidos y Europa. Este pensamiento, calificado de radical, afirmó por un lado que los hombres sexualizan las jerarquías en la escala de género por medio del porno ya que son quienes dirigen, producen y consumen sus contenidos. En suma, las condiciones de subordinación femenina que dan lugar a la pornografía no solo muestran un ámbito sexual de lo femenino, sino que ponen al desnudo la triste situación socio-económica y política de la mujer; su lugar de inferioridad en el mundo patriarcal:

La pornografía es un tema fundamental porque la pornografía afirma que a las mujeres les gusta que las maltraten, que las fuercen y que abusen de ellas; la pornografía afirma que a las mujeres les gusta que las violen, que las peguen, que las secuestren, que las mutilen; la pornografía dice que a las mujeres les gusta ser humilladas, avergonzadas, calumniadas; la pornografía enseña que las mujeres dicen NO pero quieren decir SÍ – Sí a la violencia, Sí al dolor.

Además: la pornografía fija el estándar en la sexualidad femenina, en los valores sexuales femeninos, en las niñas y los niños que están creciendo, y cada vez más en los campos de la publicidad, en las películas, en los vídeos, en las artes visuales, en el arte y en la literatura, en la música en sus letras. (…) Además: la aceptación de la pornografía significa el declive de la ética feminista y el abandono de la política feminista; la aceptación de la pornografía significa que las feministas abandonan a las mujeres.[12]

Las diatribas de Andrea Dworkin apuntaron a una interpretación efectista, intuitiva y comprensible. En la misma línea Catherine Mackinnon rebate el argumento del consentimiento en la sexualidad (“la mujer es víctima de acoso porque lo consiente”), pues el papel del Estado, fundado y operado por opresores cuya concepción de la sociedad responde a las lógicas de poder patriarcal, relega los crímenes de género a una completa impunidad: “se supone que el consentimiento es la línea crucial entre violación y coito, pero la norma legal que se aplica es tan pasiva, tan aquiescente, que la mujer puede estar muerta y haber consentido”[13]. Esto llevó a ambas escritoras militantes a proponer en 1983 una ley de censura y prohibición de los dispositivos (visuales o textuales) con contenido pornográfico en el estado de Minneapolis y, posteriormente, en otros lugares de Norteamérica. Una irónica consecuencia de esta ley recayó, pocos años más tarde, sobre la propia Dworkin: uno de sus libros fue censurado en Canadá por un contenido juzgado como pornográfico (por un tribunal en su mayoría conformado por hombres, es cierto), y le aplicaron la misma ley que ella luchó por crear. De este incidente deriva que el sistema jurídico como aparato político no solo tiene los mismos problemas sistémicos del patriarcado sino que la censura de las representaciones (el arte, la divulgación científica o cultural y los medios de comunicación) difícilmente pueden ejercer un impacto positivo en nuestras sociedades.[14]

El problema de fondo es, como afirma Gabriela Castellanos, que las posiciones abolicionistas de la pornografía conducen a las ideas “antisexo”, que se contradicen con las directrices del feminismo: “las formas de resistencia contra los efectos nocivos de la pornografía deben apelar a estrategias distintas de la censura. (…) lo que debemos luchar por desestimular no es la pornografía en general, sino solamente aquella que promueve la violencia explícita contra las mujeres, y hacerlo por medio de la educación y la concientización de hombres y mujeres.[15]

El postporno

Sin ser una solución definitiva pues el problema es sistémico, lleva siglos repitiéndose, generación tras generación, y probablemente sea una cuestión irresoluble, la propuesta de movimientos “postporno” con figuras emblemáticas como Annie Sprinkle y vanguardistas como Erika Lust, ha tratado de repensar la pornografía desde una óptica de género y feminismo. En proyectos como Four Chambers, de Vex Ashley, o XConfessions, de Lust, se plasma la intención de divertir, reinventar y deconstruir. Estas forma del porno tratan de encontrar qué podría estimular mejor el ojo femenino y, sobre todo, resignificar la vieja narrativa del porno mainstream, desdibujar su morbo dominante, entender a la mujer como sujeto (no objeto) de deseo y reinventar este gastado género audiovisual mediante la creatividad artística.

La tentativa del postporno evoca una idea de la teoría queer: la subversión. La propuesta de Judith Butler con la noción de “subversión” asocia elementos esenciales en la problemática que este texto trata de poner sobre la mesa: la dominación de géneros presente en la pornografía y su efecto sobre nuestra cotidianidad, especialmente en el marco de la nueva normalidad. Según Butler, el género es una construcción que se va realizando por medio de la performatividad, es decir, una serie de acciones que encajan dentro de una idea, imagen o principio. Butler deja en claro que el género no tiene una base natural, pero tampoco es algo que se elige voluntariamente, pues el contexto ejerce una presión sobre los individuos para que asuman tal o cual rol (tanto social como sexualmente). Así pues, para transformar un género no es posible cambiar radicalmente de performatividad de un momento a otro, pues en ese caso no se estaría transformando sino evadiendo el género. Por el contrario, el verdadero desafío radica en reinventar el género en una “repetición desestabilizante”[16], para que deje de parecer “lo normal” y tiemble desde sus propios cimientos.

 

 

Camilo Rodríguez (Bogotá, 1987): Maestro en Letras Francesas por la Universidad de Toulouse II, traductor de Salambó de Gustave Flaubert (Fondo de Cultura Económica, 2020) y Diario de viaje de Michel de Montaigne (Minerva Editorial, 2019). Su cuento “Áurea” fue finalista en el concurso Cuentos del sótano y publicado por Endira Editores en 2018. Es autor de crónicas, cuentos y críticas de cine publicadas en medios como Revista Nexos, Revista Arcadia y Revista de la Universidad (UNAM). Actualmente es profesor de Letras y Lengua Francesa en la Universidad La Salle México.

Twitter: @Cajme 

Portada: Patricio Maldonado

 

Bibliografía impresa

De Beauvoir, Simone. ¿Hay que quemar a Sade? Madrid: Mínimo Tránsito / Visor, 2000.

Castellanos Llanos, Gabriela, Erotismo, violencia y género, en Red Nal, Universidad del Valle, Colombia.

Davis, Patricia ; Noble, Simon ; White, Rebecca J, The history of Modern Pornography, 2010.

MacKinnon, Caterin, Not a Moral Issue. Yale Law & Policy Review, 1984.

Dworkin, Andrea y MacKinnon Catharine, Pornography and Civil Rights: A New Day for Women’s Equality. Minneapolis: Organizing against Pornography, 1988, citado en Catharine MacKinnon, Only Words. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1995.

Dworkin, Andrea, Pornography: Men Possessing Women, Putnam, New York, 1981.

Sex and the Cinema. (2007, February 2). The Mirror.

M.J.D. Roberts, The Society for the Suppression of Vice and Its Early Critics, 1802-1812, Cambridge Univertisy Press, 1983, p. 159-176.

 

Notas al pie de página: 

[1] « L’apparition du sadisme se situe au moment où la déraison, enfermée depuis plus d’un siècle et réduite au silence, réapparaît, non plus comme figure du monde, non plus comme image, mais comme discours et désir. » en Foucault, Michel, Histoire de la folie, Éditions Plon, Paris, p. 218. La traducción es mía.

[2] De Beauvoir, Simone, Faut-il brûler Sade ?, Éditions Gallimard, París, 1953.

[3] En Capitalismo y esquizofrenia (1972) Gilles Deleuze y Félix Guatari establecen los cimientos de la micropolítica; esto es, el análisis histórico, social y genealógico de las manifestaciones de poder y control que rebasan las leyes magistrales y constitucionales (macro) y se concentran más bien en los núcleos pequeños (micro) como la familia, la escuela, y la pareja, entre otros.

[4] Expresión analizada por Yoshinori Ogawa en Mala muerte en el libro del buen amor, disponible en línea en: https://cvc.cervantes.es/literatura/arcipreste_hita/04/ogawa.htm

[5] « By 1804 it made clear that the society was paying for evidence against traders of indecent literature » En M.J.D. Roberts, The Society for the Suppression of Vice and Its Early Critics, 1802-1812, Cambridge University Press, 1983, p. 166. La traducción es mía.

[6] Ibídem.

[7] “¡Ay! Este pulpo odioso fu, fu, fu, fu… más bien aa, aa… chupando la piel de la boca interior de mi útero hasta dejarme sin aliento, aa, eee, ¡que me corro! Con su boca prominente. Con su boca prominente mi vagina abierta provoca. Oh! Oh! Are, are… ¿Qué hacer? Aa, yoo, oo, oo, oo, ooo, aaree, oo, oo, bien, bien, oo, bien, bien, bien, haa, aa, bien, bien, haa, bien, fu, fu, fu, fuu, fuu. ¡De nuevo! Yoo, yoo, yoo, yoo”. Tomado del artículo Shunga: porno sin vergüenza en el Japón del siglo XVIII, de Daniel Martorell, consultado el 14 de septiembre de 2020 en: https://www.yorokobu.es/shunga-porno-japones/

[8] Según la encuesta de la Asociación Mexicana para la Salud Sexual A.C. : https://www.chilango.com/noticias/baja-actividad-sexual-en-la-pandemia/ y el artículo de Paola Tinoco: https://www.chilango.com/noticias/reportajes/sexo-en-la-pandemia/

[9] Gurrola, Silvia, “La pornografía en tiempos de Covid-19”, artículo aparecido en la revista Radio Latinamerika, disponible en línea: https://www.radiolatinamerika.no/noticias/noruega/3240-la-pornografia-en-tiempos-del-covid-19

[10] Estadísticas tomadas el 14 de septiembre de 2020 en: https://www.radiolatinamerika.no/noticias/noruega/3240-la-pornografia-en-tiempos-del-covid-19

[11] Así lo enuncia Silvia Gurrola en su reflexión sobre la pornografía en tiempos de Covid 19: https://radiolatinamerika.no/noticias/noruega/3240-la-pornografia-en-tiempos-del-covid-19

[12] Andrea Dworkin, “La razón por la cual la pornografía importa a las feministas”, disponible en línea en: http://mujerdelmediterraneo.heroinas.net/2017/06/andrea-dworkin-la-razon-por-la-cual-la.html Publicado originalmente en Sojouner -Vol. 7. Nº 2, octubre, 1981-. Traducción: Silvia Cuevas-Morales.

[13] Fragmento tomado de Pornography, Sexuality and Method (1983), presente en el ensayo El espejismo pornográfico de Blanca Medina Muñoz, aparecido en el portal Cine Porno y de consulta en línea en: https://www.elsaltodiario.com/nueva-revolucion/el-espejismo-pornografico

[14] El debate que se viene tejiendo entre pornografía y feminismo desde los años sesenta, encuentra una excelente síntesis en el ensayo de Gabriela Castellanos Llanos: http://bdigital.unal.edu.co/48112/1/erotismoviolenciaygenero.pdf

[15] Ibídem.

[16] Ibídem.

 

 

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