Por Martín Rangel

 

1. El rol del texto

Internet ha modificado la manera en que leemos y escribimos. Vivimos rodeados de palabras, se produce y se consume texto quizás como nunca antes en la historia. Escribimos mensajes de Whatsapp, Tweets, actualizaciones de estado en Facebook, correos electrónicos, etcétera. El texto ha asumido un rol protagónico en nuestra vida digital. Es mucho más común comunicarnos a través de texto que, por ejemplo, hacerlo a través de una llamada telefónica. El texto ha desplazado a la voz como primera opción al momento de comunicarnos con otros. La literatura es, de todas las artes, aquella que utiliza el texto como medio principal de expresión. ¿Cómo ha afectado a la literatura, a sus procesos y a sus modos de ser, este cambio histórico, este protagonismo del texto?, ¿cómo es que los autores de la era digital se adaptan o se han adaptado a estos cambios?

 

Lo cierto es que la gran mayoría de usuarios de internet, en nuestra cotidianidad, ya no leemos como lo hacíamos antes. Si alguna vez hicimos lecturas minuciosas, detalladas, hoy en día más bien escaneamos. Buscamos información. Estamos expuestos a tanto material textual que no podemos darnos el lujo de leerlo todo. Simplemente no nos alcanzaría el tiempo. Entonces hacemos lecturas fragmentarias. Y a la vez, generamos textos fragmentarios. Somos cada vez más breves. Basta recordar el meme de “mucho texto”.


En lo que llamamos “literatura digital”, literatura escrita para y desde internet, pocas veces estaremos expuestos a grandes bloques de texto. Desde mi experiencia como autor y lector, puedo afirmar que la escritura digital apuesta más por el efecto poético de la brevedad: hacer más con el menor texto posible: una apuesta por captar y aprovechar al máximo la atención difusa de un lector (el lector/usuario promedio de redes sociales) que ya no
lee, y de considerar el texto como un factor más dentro de una fórmula expresiva que integra otros elementos, otras disciplinas.

 

2. Multimedia y literatura expandida

 

“Concretoons” de Benjamin Moreno

 

“Escribimos” memes. En la era digital, en nuestros procesos de escritura se hilvanan la imagen y el texto: incluimos emojis, stickers, links, GIFs, etc. En la literatura no es la excepción. La escritura digital admite la expansión de las fronteras del texto hacia otras disciplinas, como mencionaba antes. La experiencia digital exige esa expansión. Estamos expuestos a texto sí, pero también a imágenes, estáticas y en movimiento. A fusiones de ambos. El concepto de “literatura expandida” se refiere precisamente a eso, a ese ir más allá de los límites de lo literario (la página, el texto) y coquetear con las artes visuales, el video, la música, etcétera.

 

La experiencia digital es multisensorial, interactiva. La experiencia “libro” resulta insuficiente en un contexto así. Si dejamos de lado toda visión romántica, no hay manera en que un objeto de papel con caracteres impresos en tinta pueda competir con experiencias multimedia como las que nos ofrece una computadora, un videojuego. Pero la literatura expandida sí que puede competir a ese nivel. Un ejemplo de ello pueden ser los Concretoons de Benjamín Moreno, unión de literatura y videojuegos, que hilvanan las experiencias de lectura y de gaming, o las performances del colectivo queretano SQNX, que conjuntan visuales con música y poesía en voz alta ofreciendo una experiencia inmersiva mucho más envolvente que la experiencia solitaria de pasar las páginas de un libro.

Still de “Zapping universal para el reinicio del mundo”, pieza audiovisual de SQNX

 

Aquí es importante recalcar algo: estas experiencias digitales no tienen por qué ni harán desaparecer las experiencias de lectura tradicionales del libro en papel. Las nuevas tecnologías no están aquí para desplazar a las anteriores. Simplemente unas atienden a las necesidades de unos lectores, mientras que otras a las de otros. Ambas coexisten como distintas alternativas de consumo para distintos tipos de usuarios. La literatura expandida está ahí para lectores que buscan una experiencia que trascienda las limitaciones del texto. Para ojos y oídos habituados a algo más. Aquí el término “expandida” pareciera que apelara a una expansión de la conciencia misma, como emulando el efecto de ciertas drogas psicodélicas. Recordemos que durante el boom de la psicodelia (y aún en la actualidad), una de las promesas que acompañaban al uso de sustancias como el LSD y los hongos era una expansión de la conciencia más allá de los límites de nuestra capacidad para percibir el mundo, capacidad limitada en un estado de normalidad.

En Internet, la escritura es más que simplemente escritura. No basta con saber escribir, es necesario expandirse hacia otras disciplinas. En el inciso anterior hablábamos del protagonismo del texto. Ahora descubrimos que ese protagonismo es compartido con la imagen y con el sonido en la realidad multimedia de la era digital.

 

3. Nociones de autoría

A menudo se nos ha dicho que la escritura es una actividad solitaria. Tenemos una idea del escritor como un ente aislado, un genio apartado que tiene ideas que después arroja al mundo a partir de su trabajo. Internet también ha modificado esta concepción. En su libro Escritura no-creativa: la gestión del lenguaje en la era digital, Kenneth Goldsmith menciona que copiar y pegar son actividades que se han vuelto centrales en nuestra manera de entender la escritura a partir de Internet. En ese mismo libro, se habla de que, en una época en la que vivimos inmersos en una sobreproducción de texto, lo más prudente sería gestionar esas “masas de lenguaje” pre-existentes, antes de generar más. Todo esto cuestiona la idea de un “genio original”, solitario, y pone sobre la mesa la posibilidad de entender la autoría desde otras perspectivas. La originalidad pareciera diluirse en el horizonte como un mito romántico, mientras que la realidad del intercambio de ideas basado en el copy and paste reviste a la figura del escritor más como un curador, ya no apartado del mundo, sino necesariamente en diálogo con él y sus discusiones.

Goldsmith sostiene que la Internet es la pauta tecnológica que permite a la escritura adoptar la apropiación como una técnica más y, al hacerlo, ponerse al corriente con el resto de las artes que ya la han incorporado en décadas pasadas. Basta ver los ejemplos de la pintura, el cine y la música. Las herramientas de copiar y pegar nos permiten manipular textos de otros e integrarlos a los propios, recontextualizándolos y adaptándolos de la misma manera en que un productor de hip-hop toma un sample de jazz y lo incorpora a una base rítmica contemporánea, de la misma manera que un artista plástico realiza un collage y un cineasta un cine collage. Al tomar un fragmento de otro autor y recontextualizarlo también nos expresamos, insiste Goldsmith. Es una actividad tan válida como la “creación”. Estamos acostumbrados a pensar la actividad literaria como la creación de productos culturales nuevos, cuando la verdad es que, desde el siglo pasado, en las otras artes, se han producido obras partiendo de trabajos de otros, dialogando explícitamente con trabajos de otros artistas. La literatura vive aquí un rezago evidente.

La autoría colectiva, el plagio intencional, el reciclaje, son todas actividades que se integrarían ahora al abanico de posibilidades que antes se consideraban fuera del espectro de lo literario. Si lo que dice Goldsmith es cierto, nos encontraríamos frente a un cambio de paradigma que modificaría nuestra manera de entender la autoría, pues pasaríamos de comprender a los autores como “genios originales” que llevan a cabo actividades originales y creativas, a entenderlos como “genios no-originales” que “manipulan y administran” “masas de lenguaje” ya existentes, más como DJ’s que como escritores. Sin duda, un salto muy interesante en la historia de la literatura.

 

4. Todo es editable

Todo es editable en Internet. La idea de “obra terminada”, parece que quedó atrás. La tecnología ha facilitado muchísimo la corrección y edición de textos y de contenidos digitales, aun después de haber sido publicados. Esto facilita a los autores realizar modificaciones a sus obras prácticamente cuando ellos lo deseen. Esto no era posible en el pasado, en la era del libro, pues para hacerlo había que esperar a realizar una segunda edición y por eso no era tan inmediato. Si no hay obras terminadas eso quiere decir que todo está en permanente susceptibilidad al cambio. Nada es la versión definitiva de sí mismo. Esta es la era de los productos culturales en flujo constante. Ese es otro de los grandes cambios de paradigma a los que nos enfrentamos en la era digital.

Los nuevos materiales no necesariamente generan nuevas ideas. Debemos tener cuidado de no caer en esa ilusión. La idea de “novedad” es frágil y tramposa. Lo que ahora es nuevo podría ser obsoleto en un par de semanas. Pensemos en la obsolescencia programada. Sin embargo, es un hecho que la tecnología ha modificado nuestra relación con la escritura, y que como escritores lo mejor que podemos hacer es adaptarnos o, al menos, intentar comprender tales cambios. Comprenderlos, por lo menos, mientras duren. En el mundo digital, todo va tan rápido que es difícil aprehenderlo.

 

Martín Rangel (Pachuca, 1994) es escritor y traductor. Autor de los libros de poesía ROJO (2013), El rugido leve: las canciones de Ryan Karazija (CECULTAH/CONACULTA, 2015), emoji de algo muerto (Malos Pasos, 2015), delirioamateur (Niño Down, 2016), al margen del mundo (Tiempo-que-resta Ediciones, 2017) y Luna Hiena (Ablucionistas, 2020). Ha traducido al español a poetas como Vlad Pojoga y Mira Gonzalez.

 

Ilustración: Robolgo

 

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