Por Carla Cohen

 

Tuve que borrar todas las fotos de mi celular y la mayoría de mis aplicaciones (incluyendo Whatsapp) para poder actualizar el equipo, bajar Bumble y hacerme un perfil. La verdad es que no estoy satisfecha con el resultado. Soy demasiado consciente de lo que implica seleccionar fotos que muestren “quién” soy. No sé qué estoy tratando de representar, para quién, por qué me inserté en un mercado afectivo tan perverso, qué buscan los que me dan like y qué rechazan de mí los que no. Luego sigue el texto: tener que describirme, ser elocuente, poner algo ahí. Primero robé una frase de un libro al azar, la borré, escribí tres líneas moderadamente decentes y me quedé con las ganas de añadir una crítica a la app. No lo hice porque no tiene mucho sentido dejar mi queja; si ya voy a jugar tengo que aceptar las reglas.

 

El perfil: primero pide enlazarte con Facebook, ¿cuántos datos se estarán robando? Después toma fotos de mi cuenta de Facebook, que no me representan porque no las he actualizado desde el 2017. Seis fotos de catálogo. No estoy hecha para esto. Escogí algunas que tengo en Instagram, las que tienen más likes (supuse que servían para esto).

 

Puedes decidir no enlazarte con Facebook, pero te incita a hacerlo. Bumble es un banco de datos, así que técnicamente no se los roban porque tú se los das.

 

Aparte de la cajita de texto titulada “sobre mí” encontré categorías por rellenar: sí tengo un empleo, ¿cuál?, lo anoté; sí estudié una licenciatura, ¿en dónde?, lo puse; sí me considero mujer, lo reafirmo; ¿tengo que poner mi estatura?, es ridículo, pero lo hago; que si tengo hijos, ¿importa?; y la frecuencia con la que hago ejercicio, mi signo zodiacal, mis hábitos de bebida y de tabaco, el tipo de relación que busco, mi creencia religiosa y mis tendencias políticas. Claro, estas categorías son “opcionales”, aunque implícitamente me sentí obligada a rellenar los campos.

 

También descubrí filtros en los que se puede “delimitar” la búsqueda en el catálogo de prospectos: desde seleccionar un rango de edad, género (hombres, mujeres o ambos), o que solo aparecieran personas con mascota.

 

No sé cómo escribir esto.

 

En la vida llega un momento, y creo que es fatal, al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda. Ahora, más que nunca, estamos atrapados, y la estructura que sostiene nuestras vidas está completamente expuesta, no se puede ignorar. Estoy temerosa de mí, cuando podría estar en calma. Me parece que el problema está en mi falta de honestidad.

Y esa duda crece alrededor de uno. Esa duda está sola, es la soledad.

 

Tengo la costumbre de sobrepensar. Más que una costumbre es una maldición. Lo hago cuando un hombre me atrae o cuando me enfrento a temas complejos, como este de Bumble. Ayer platiqué con uno de los weyes de la app sobre lo perverso que es el sistema. Me asusta la forma en la que estamos mediados por representaciones fotográficas, por palabras y categorías. Todo se lee y se interpreta. Me molesta darme cuenta de lo racista y clasista que soy. Intolerante a otros cuerpos. Me provoca malestar saber que soy esta. También saber que yo misma configuré esa imagen de mí, y que estoy siendo leída por otros cuerpos; cuerpos deseantes, cuerpos racistas y clasistas, cuerpos sexuales, cuerpos frágiles. El mundo está un poco muy jodido.

 

Gracias a Bumble he estado conversando con personas desconocidas. Al dialogar me he confrontado con lados oscuros de mí misma. Sus palabras visibilizan eso que yo no quiero ver, porque no sé cómo resolverlo, porque sé cómo resolverlo y no quiero actuar, porque está difícil e implica un esfuerzo. Una de esas personas me preguntó si había visto el documental de Cowspiracy. Recuerdo que lo vi hace dos años y que fue el motivo por el cual mi mejor amiga dejó de comer carne. Me preguntó si yo también cambié después de verlo, le contesté que no.

 

Con otro desconocido hablé de las similitudes entre el mercado afectivo y el mercado laboral. Estamos en un continuo proceso de selección. Le conté sobre Anna Karenina en los tiempos en los que el matrimonio era, antes que nada, un negocio. Me contestó que hoy también lo es, aunque lo disfrazamos de otras cosas. ¿Qué nos queda?

 

Estamos encerrados en nuestra soledad, en nuestras casas, y cualquier intento por rehuir a esta realidad implica una falsedad evidente. Ya no hay manera de ocultar los hilos que tejen nuestra vida.

 

Lo sabía y me quedé. Para ver. Todas las mañanas y las noches era lo mismo. Rostros desconocidos. Palabras más o menos similares. Contextos diferentes. Estereotipos. Gente que he visto antes en alguna fiesta. Aceptar y rechazar, no hay punto medio. Escribir mensajes. Comenzar conversaciones con ningún propósito en particular. Me pregunto: ¿ellos por qué lo hacen? Imagino que todos estamos muy solos. Ya no nos importa exponernos así. Construimos un personaje, decimos “hola, soy fulanx”, esperamos a ver qué pasa.

 

A veces me gusta leer las descripciones que los demás dejan en sus perfiles. He encontrado un poco de todo. Hay hombres que me parecen una amenaza:

“Las malas lenguas hablan, las buenas provocan orgasmos”

“Me gustan las niñas tóxicas”

“Llega el momento en el que solo buscas a alguien que no tenga pedos con su ex y sepa lo que quiere (amistad, relación, pasar el rato) Y pues estoy en ese momento jaja”

“No den match conmigo si no van a mandar mensajito porque solo me ilusionan L La neta borré mi descripción pedorra porque nadie me pelaba. JAJA Por eso opté por pedirle el favor a Nina de tomarse una foto conmigo, ella sí es una lindura. Igual tengo chingos de stickers en whats por si ocupan.”

“Típico morro moreno Ya sé que soy feo pero soy simpático”

Hay otros que me gustaría conocer y no me aceptaron:

“Introvertido y tranquilo. Compongo y escucho música rara, pero me gusta de todo. Investigador en derechos humanos. Disfruto cocinar, una buena fiesta, atardeceres, reír lo más que se pueda. Me aburre el small talk. Ethical slut. ¿Tú qué historia te cuentas para ser quién eres?”

“mi fruta favorita es el mango, y ya después la sandía o la uva”

 

En la vida “real” fuera de la aplicación probablemente haría selecciones similares al ligar, el problema es que en Bumble sucede a prisa, puedes ver cien rostros en cinco minutos. La selección/discriminación es casi mecánica. Leemos primeras impresiones en segundos y reaccionamos sin pensar.

 

Lo perverso es que no se trata de fotos o de perfiles. Se trata de personas vivas. De cuerpos. De alguien que en alguna parte de esta ciudad existe y sabe que necesita afecto. Y nosotros (ellos, ellas y yo) deslizamos el dedo sobre sus rostros, negando o aceptándolos, con la misma indiferencia con la que defecamos o bebemos agua.

 

Carla Cohen (Ciudad de México, 1995). Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2019-2020).

 

Portada: Robolgo

 

 

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