Es de noche. Camino con el pánico entre las manos, y aunque eso ya es normal para las mujeres que vivimos en el México de ahora, no termino de acoplarme a este modo de vida. resulta ridículo. Tan ridículo como aceptar que cada vez que salgo a la calle, exista la incertidumbre de si volveré completa y sana a casa. Siempre ando con rodeos, me gusta despegarme del suelo, por eso uso los audífonos que me nublan el oído y paulatinamente la vista. Acabo de pisar un charco y los tenis de tela que traigo puestos ya se opacaron por la humedad que los acaba de inundar. La misma humedad chiclosa que ya ha corrido entre mis piernas; o que en otras ocasiones se ha retenido en mis calzones. Hablar de esas noches hace que me salive la boca; yo creo que por eso trato de no mencionarlo o siquiera recordarlo cuando estoy acompañada, pues mis ojos me ponen en evidencia al parecer desorbitados cuando deseo andar entre sudores ajenos. Pero ahora estoy sola, y hace frío. Con la canción que suena[1], imagino en dejarle un rastro frío del hielo que se va descongelando conforme lo retengo con mi aire, quiero que su cuerpo se vuelva un charco entero hasta que parezca anegar sus expresiones cotidianas, busco borrar esos senderos superficiales y hacer de nuestras pieles un solo territorio. Camino con la prisa de recordarme entre sus brazos y entrepiernas, como si llegar a la siguiente cuadra con las pantorrillas quemándome por lo problemático que me resulta pasar las cantinas de esta calle, ameritara el premio de sentirme envuelta en su aceite de rosas.

Antes, me seguía un gusto cotidiano por el olor a mezcal transpirado, contenido en aquel humo de tabaco que se aposenta sobre las mesas que están afuera de justo este local pequeño que tengo aquí, a mi derecha. Pero desde el día en el que me tocó ver a una chiquilla de falda escolar yendo por un desgreñado y pobre viejo chimuelo, el ambiente me resulta desastroso y polvoso. Por mi bien intento olvidar el motivo de mi asco, la realidad es que simplemente no se puede. La falda escolar a cuadros fue el detonante de este repele. Es igual a la que yo usaba de niña, a la cual culpaba de mi prematuro desarrollo por ser libre en sus movimientos, siempre procurando ser una invitación, a pesar de mi expresión facial diciendo “no”, a ver qué había debajo de ella.

@pimientanegrafotografía

Ya he hecho las paces con esta prenda, ahora la uso sin atormentarme por el silencio que me costó, hasta quince años después, y entender lo difícil que fue mantenerse estática ante el deseo de las manos jariosas, no curiosas, de un cuerpo extraño. Me dejaron muda a mis diez años, tocando mi clítoris antes de que yo me interesara siquiera por conocerlo. Aquel amigo de mi hermano durante tres años hizo de lo que pudo ser mi paraíso longevo, un infierno prematuro. El tiempo fue el que lo condenó; los años se portan diferente conmigo. Me cuestionan mis acciones inmaduras, me caducan actitudes precarias y me cancelan situaciones miserables. Así es como vivo corriendo, ni los tenis mojados me detienen, ni el humo de la ciudad me sofoca. A veces contribuyo a esta neblina grisácea que camufla y esconde las tempestades que provoca quien anda por ahí, como rata de alcantarilla, apestando las esquinas. Camino y sólo pienso en difuminarme con las luces, pero en esta ciudad, hasta una sombra como la nuestra, siempre va a tener forma. Debe de estar bien, elegir cuándo hacerse presente y cuándo no. En la caminata de hoy he olvidado mis faros, así que voy a ningún lado, esperando encontrarme con alguien a quien pueda pedirle un cigarro, de lo contrario, este paseo no podría terminar. Ando y sólo pienso y regreso a los espacios de mi memoria que siempre quise evitar; doy la vuelta entre las jacarandas que guardan los besos que me quitaban de adolescente y que nunca me interesó recuperar. Puedo burlar a quien sea que esté detrás de mí, aunque eso se debe a que mi delirio de persecución me ha convertido en una mujer que cambia sus rutas cuando cree que ya las ha desgastado lo suficiente.

 

[1] Escuchar “Plus putes que toutes les putes”

 

Resumir experiencias en pocas líneas estéticas es el trabajo que la mazatleca Melissa Tarabay (1995) se inventó desde que aprendió a escribir con la pluma negra. Su sueño es vender historias que la mantengan para que pueda viajar y vivir la suya; mientras tanto, se apoya en las clases de francés que da y en su negocio de brownies y panqués para seguir a flote en la capital.

 

Portada: Escena nocturna 2 por Mariana Gómez.

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