La lluvia es vida. Despierta.

Los hombres y  las mujeres de la lluvia al escuchar las primeras gotas caer del cielo, corrieron hacia afuera a levantar las manos.

Con el índice atrapaban la primera gota y se la metían a la boca. “¡Qué rico es el sabor de la lluvia!”, se escuchaba decir por los callejones del pueblo. 

Después de una larga sequía, esta primera lluvia fue recibida con singular alegría. A pesar de que el cielo estuviera nublado, el sol se escondía detrás de la gruesa capa de nubes y pintaba el cielo y el pueblo de amarillo. 

Para las mujeres y los hombres de la lluvia, la ausencia del agua era traducida como su propia inexistencia. 

Secos los corazones y los cuerpos que tenían aspecto de pasa, lentamente se inflaban y tornaban a piel de durazno y corazón de caballo. 

“¡La vida está aquí de nuevo, sigo viva!”, gritó alegremente una mujer de la lluvia.

Muchos hombres y mujeres vivieron durante esta sequía pensando que estaban muertos.

Con tan sólo unas gotas del cielo, el olor a piedra fría y tierra mojada, sus pupilas se encendieron para dar señal de vida.

Los callejones del pueblo se llenaron de pies en charcos. Descalzos bailaban y brincaban sobre estos charcos formados entre las piedras. Se sentía el respirar de los pulmones otra vez.

Es raro que haya sequía en este pueblo. Aún más una sequía que duró ocho siglos. Tan sólo la llegada del agua y su roce con la piel encendió el motor de la vida. 

La lluvia es vida. Despierta.

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