Las 45 horas semanales se han vuelto un mito. El muy referido 9 a 5 ya no existe. Me gustaría que levantase la mano aquella persona que trabaja menos de 46 horas a la semana con una paga decente, puesto que me encantaría robarle su trabajo.

Vivimos bajo el yugo de un sistema que mantiene como máxima la competencia humana. Es un sistema que nos ha redefinido como objetos consumidores, cuya libertad se limita a comprar y vender, acumular por el arte de acumular, esclavizarse por dinero. En un mundo donde todo es competencia y donde las oportunidades son disparejas desde el inicio, aquellos que no alcanzan la vara son catalogados como “inútiles” o “sin valor”.

El trabajo enajenado se ha vuelto parte de la estructura básica de la gran mayoría de las empresas. Trabajar más de ocho horas diarias se considera como algo común y admirable. Y si se suman las horas desperdiciadas en el tráfico – ya sea en automóvil o en transporte público – podemos casi garantizar que pasamos más tiempo en la oficina – pegados al escritorio o in transit – que en cualquier otro lugar.

Parecería que tener una vida fuera de la oficina es algo sucio y denigrante. No importa lo que sea que hagas con tu tiempo libre, la actividad que siempre nos definirá como personas es la chamba que te da de comer. Relajarse, tener hobbies, criar a tus hijos o leer un buen libro son tachados como cosas burdas e inútiles, incluso de personas flojas. El querer cultivarse como persona ha pasado a un segundo plano. Eres lo que tienes, lo que produces, lo que compras. Somos autómatas del sistema, máquinas que llevan acabo una función de acuerdo a una serie predeterminada de instrucciones codificadas, diseñados para ser esclavos del trabajo, del dinero, de la economía. Somos Personas-objeto.

 
Choose a Career Vending Machine Comics por Andrew Fairclough

Lo peor de todo esto es que ya no se cuestiona el sistema, sino que se internalizan y reproducen sus credos. Los ricos se convencen a sí mismos que han conseguido su dinero por mérito propio, oscureciendo la ventaja – como la educación, la plataforma económica y la clase social – que posiblemente los ayudó a conseguirlo. Los pobres se culpan a sí mismos por sus fracasos, cuando la realidad es que existen pocas cosas que podrían hacer para cambiar sus circunstancias. La brecha es cada vez más grande entre clases económicas, con la clase media encontrándose peligrosamente en peligro de extinción. Y aun así nos miramos al espejo y nos repetimos a nosotros mismos que está bien trabajar más de diez horas diarias con una paga mediocre porque… ¿cuál es la alternativa?

La realidad es ésta: la estructura, la vértebra del sistema, está podrida. No hay alternativas viables dentro de un sistema que está repleto de contradicciones. El desempleo representa una crisis compleja de reparar, sin embargo tú no tienes un trabajo porque no tienes palanca o no eres lo suficientemente emprendedor. El precio de las viviendas está por los cielos, pero es tu culpa que no puedas pagar la renta con un mísero sueldo o no puedas pedir un préstamo porque los intereses se convertirían en tu tumba. La educación de nuestros hijos es una porquería, sin embargo no queremos invertir en nuestros maestros y ofrecerles un salario digno. El precio de una buena alimentación ya no es accesible para todos, pero es culpa de los que ganan el salario mínimo tener obesidad y diabetes.

Trabajamos jornadas de más de 50 horas a la semana para poder subsistir. Nos mantenemos vivos para ser peones de la economía y del escritorio. Sacrificamos nuestra esencia, nuestro ser, para poder seguir siendo participes del sistema. Y va mucho más allá de enajenarse trabajando para poder acumular, puesto que ya tampoco rinden las cuentas. Trabajamos por una existencia mediocre, una vida que ya no nos pertenece. Somos autómatas del siglo XXI, dispositivos mecánicos en movimiento hechos en imitación de un ser humano.

 

Ilustración: pintura “Draft Of Kapital” de Stuart Bracewell.

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