La sociedad mexicana esta destinada a cargar con el yugo fatal del tradicionalismo, tanto que hasta sus propios movimientos sociales están plagados irremediablemente de características conservadoras. Esto ha causado que, a nivel artístico, ciertas figuras sean enaltecidas por la misma visión tradicional, mientras que otras han sido destinadas al olvido cuando es lo que realmente el movimiento busca.

La música a través de la historia ha tenido una relación íntima e inevitable con el activismo, es el eterno acompañamiento estético de cualquier movimiento, de una manera que supera incluso a las vanguardias por su capacidad de colectividad, de sintetizar la inconformidad con el sistema en un par de minutos. No es fácil concebir algún cambio social, alguna revolución, sin acompañarlo también del soundtrack que lo hizo posible. Sin embargo, cuando se piensa en música y activismo, es inevitable también hacerlo en Punk.

En México, como en la mayoría de los países de nuestro continente, este lugar lo ocupa un género que se conoce como “Nueva Trova” o “Canción de protesta” y entre sus mayores exponentes se reconocerán nombres como Víctor Jara o Silvio Rodríguez.

Los acordes de la Nueva Trova acompañaron al movimiento estudiantil de la última parte de los sesentas a través de un discurso político que se escondía en la refinada prosa de sus exponentes, que filtraba el sentimiento de marginación de grandes sectores de la juventud mexicana, era de alguna manera el buendecir de lo que quería ser un maldecir. Un reflejo más del conservadurismo que apresaba a la sociedad latinoamericana y que, al parecer, continúa haciéndolo.

Víctor Jara escribió sobre el lejano Ho Chi Minh y una explosión lunar causada por el napalm, pero ni él, ni Silvio cantaron sin rodeos sobre las vidas de los jóvenes que tenían cerca, a quienes acompañaban, tampoco hablaron de la corrupción, ni de una violencia desenfrenada y, aun así, hoy en día prevalecen como el estandarte indiscutible de nuestras revoluciones.

Sin embargo, hubo quienes sí levantaron la voz, los que diagnosticaron los problemas del país y los denunciaron yendo al grano pero, tal vez por lo mismo, quedaron sepultados en lo profundo de la memoria cultural de este país, muy por detrás de la Nueva Trova.

El punk en México existió solo que no al nivel masivo que la juventud necesitaba, únicamente en sectores muy específicos. La Colonia San Felipe de Jesús, justo en la franja norte de la Ciudad de México, fue el lugar ideal para darle vida a un movimiento punk nacional, quién mejor para alzar la voz que aquel que es víctima a diario, en carne propia. Levantaban el dedo y culpaban a la sociedad.

“Ese chavo marginado aún sigue sus juegos de niño

Con su caguama, su cannabis y su activo

Ese chavo marginado, sin presente ni futuro

Graduado en la universidad del vicio

Pero él no tiene la culpa

Lo tiene la sociedad”

La posibilidad de un retorno a la espontaneidad sonora.

Grupos como Polo Pepo y Rebel’d Punk continuaron con la tendencia minimalista y acelerada que llegaba de Inglaterra y el gabacho, sin embargo, no era una música de protesta, tampoco necesariamente de denuncia, era solamente una acción artística espontanea en la que buscaban narrar su día a día, toda esta oleada de música enfurecida contra el sistema era algo cotidiano. De la misma manera que cuando los Ramones describían la vida típica de un niño de Queens.

Parecería que hoy ya no existe espacio para la espontaneidad. San Felipe ya no es tan punk, ahora solo se le conoce por tener el tianguis más grande de Latinoamérica, “imposible de recorrer en un solo día”, sus legendarias bandas se han reducido a una referencia en “La Chica Banda”. Hoy parece que nuestro punk es más a Silvio que Sex Pistols, que la cualidad de espontaneidad se ha relegado por un afán de simple entretenimiento.

Ramomex, Rebel´d Punk

Ramomex, Rebel´d Punk

El punk ya no es Polo Pepo, ciertamente ha tomado distintas formas que van desde Surf hasta el Rap, pero esa música que tiene la capacidad de trazar un retrato sonoro de nuestro territorio, e incluso de denunciar los males que flagelan a su gente, sin buscar algo más, sigue ahí. La posibilidad de un retorno a la espontaneidad tiene que rebasar el conservadurismo que cubre a nuestras sociedades y es necesario replantear cuales son los estandartes de nuestros movimientos.

 

Ilustración de @luciaelguea

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