Sal

Como cualquier tarde, Chris a las seis de la tarde llega a casa.

Va directo al comedor y deja sobre la mesa las enorme bolsas de basura que viene cargando. Va a la cocina, agarra un plato, cubiertos, y pone la mesa.

Saca de la bolsa el cadáver de Sabri, una de sus alumnas. La corta en trocitos lo suficientemente pequeños para que quepan en el refractario utilizando unas tijeras de jardinería, lo cubre con papel aluminio y lo mete al horno.

Ve el reloj, tiene que esperar veinte minutos para que esté listo su platillo. Para hacer la espera más dinámica y soportable, dedica ese tiempo a limpiar la sangre que se escurrió por la cocina, la mitad con un trapo y la otra con su lengua.

Saca el recipiente del horno y lo lleva a la mesa, se sirve un brazo y se lo empieza a comer, al igual que cada una de las partes de la alumna Sabri. Disfruta de cada bocado, en especial cuando llega a sus piernas y labios. Tiene toda la cara roja.

Entro al comedor y lo encuentro en acción. Chris me dice que los ojos están deliciosos y me ofrece el que sobra. Con una expresión extraña corro a la cocina y agarro la sal. Saben mejor con sal.

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