Somos las historias que nos cuentan. Esto no es una crítica, es una narración.

Advertencia al lector: Este es un pequeño artículo de opinión y no una crítica de la película. Escribo desde mi suceder con ella, una narración desde mi horizonte de realidad.

Mis padres nacieron en la década de 1950, y desde muy chico había querido ver y ser a través de sus ojos; la imaginación y la memoria son las armas más poderosas cuando se tiene domicilio en un mundo tan complejo como el nuestro. Las fotos no alcanzaban, la tradición oral tampoco… faltaba movimiento; hoy Roma pone algunas piezas más en el rompecabezas de mi historia personal, y tal vez, en la de muchos. Para mi mamá, Roma son sus “nanas“, los viajes a lugares que eran “paraísos” y actualmente son asediados por el crimen y la inseguridad, sitios de la ciudad que ahora no existen o que cambiaron. Para mi papá, Roma es su infancia y adolescencia, “ser callejero por derecho propio“, trasladarse todos los días desde la calle de Sevilla en la Juárez al Colegio México de la Roma en la calle de Mérida, mangos con chile o el tranvía a casa. Es por ellos, por sus historias, que he decidido escribir las siguientes líneas.

Roma es la narrativa del “boom latinoamericano” llevada a la gran pantalla. Cuarón ha dado cuerpo a aquellos lugares y situaciones que únicamente habían sido vistos con los ojos de la imaginación por varias generaciones; cuando leíamos a Benedetti, a Ibargüengoitia o escuchábamos a nuestros padres contar historias de su infancia.

Roma cuenta la vida cotidiana, cuenta una historia sincera, sin highlights mentirosos que a veces el séptimo arte más comercial ha grabado en nuestro modelo de vida. ¿Quién cuenta la historia de esos escasos centímetros por los que te tardas estacionando tu coche en la cochera, sin que nada fuera de lo común hubiera pasado? Cuarón nos da las microhistorias de las que se compone la historia.

Roma nos muestra paisajes de Landesio o Velasco en blanco y negro, Roma nos cuenta que el mar ayuda a curar las penas, que las carreteras son lugares místicos de miradas perdidas y pensamientos infinitos, que la familia no siempre es de sangre, que “estar muertos” en una azotea es acogedor. Roma nos recuerda los sonidos y cantos de los juglares del México moderno: el afilador, el heladero, el trompetero, el organillero; Roma nos cuenta que cualquier vida es una historia extraordinaria.

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