El paisaje natural de la Ciudad de México se deteriora cada segundo de forma irremediable. Una serie de malos manejos históricos sobre el curso del agua dentro del territorio urbano se han encargado de desconectar a la población de aquellos elementos naturales que conforman al territorio. Como respuesta a estos problemas surge el Ecoducto, un proyecto colaborativo entre el gobierno de la ciudad y la asociación civil Cuatro al Cubo, que busca convertir el Viaducto Miguel Alemán en un parque lineal que re-introduzca el concepto de río y de espacio verde vivo dentro de la ciudad. Sin embargo la intervención resulta insuficiente, tímida y poco propositiva. ¿Qué salió mal?

La desmedida urbanización dentro del Valle de México nos ha llevado a olvidar su pasado hídrico en el que ríos, lagunas y canales construían un complejo paisaje natural. Desde épocas coloniales, pasando por mediados del siglo XX, y hasta nuestros días, las autoridades de esta ciudad no han sabido manejar estas complejidades al fallar en el intento de integrar el agua natural de la cuenca dentro de sus planificaciones urbanas con consecuencias cada vez más críticas. En los últimos años (con un particular impulso reciente consecuencia de los devastadores sismos del pasado septiembre) se ha incrementado el interés por voltear la mirada al pasado e intentar construir soluciones para volver a tejer la red de ríos que corren (entubados) por la ciudad, con el propósito de generar una relación cercana entre los ciudadanos y el agua, y al mismo tiempo atender los preocupantes problemas de abastecimiento de agua que enfrenta la ciudad.

Dentro de este contexto surge el proyecto del Ecoducto, ubicado sobre el Río de la Piedad que corre entubado sobre lo que ahora conocemos como la avenida Viaducto “Miguel Alemán”. El Ecoducto, que constará de tres etapas de desarrollo, inauguró su fase inicial a finales del 2017. La primera fase consta en la peatonalización de 1.6 kilómetros del camellón del Viaducto, con lo que se pretende generar un parque lineal que contará con cincuenta mil plantas y más de 4 mil 800 metros cuadrados de vegetación, además de ocho biodigestores y cuatro humedales artificiales que tratan alrededor de 30 mil litros de agua residual tomada del Río de la Piedad. La segunda y tercera etapa del proyecto planean la instalación del Museo de Plantas Acuáticas, una sección dedicada al entendimiento y la enseñanza de la chinampa como método de producción agrícola tradicional, así como la inclusión de un espejo de agua.

El cambio y la intervención ciudadana

El proyecto surge —en origen— como una iniciativa ciudadana a través de Cuatro Al Cubo, una asociación civil integrada por ciudadanos preocupados activamente por el estado natural y social del desarrollo de la ciudad. En el 2013 la asociación civil, junto con el arquitecto Elías Catán (socio de Cuatro al Cubo), inició una serie de acciones llamadas “Picnic en TU río” que, a través de la convocatoria ciudadana en forma pacífica, realizaba una especie de protesta simbólica con el fin de reimaginar una ciudad en la que los ríos corrieran a cielo libre y en la que los ciudadanos pudieran interactuar libremente con éstos. Alrededor de esas mismas fechas Taller 13, el despacho de arquitectura fundado por Elías Catán, presentó un proyecto de recuperación del Río de la Piedad que, a través de un entendimiento holístico de sus componentes urbanos y geográficos, planteaba una nueva forma de entender la relación existente entre el automóvil, el peatón y los ríos en la Ciudad de México. El proyecto, que retoma elementos del proyecto de recuperación del Río Cheong Gye Cheon en Seúl, fue noticia por un momento y, aunque surgía de una necesidad palpable, desapareció de la esfera pública en un corto tiempo. Este proyecto de recuperación no era perfecto y sufría de una leve ingenuidad, sin embargo inició un diálogo necesario y, más importante aún, generó una propuesta que se acercaba a una solución real.

El río que no es, el agua que no está

Al visitar el recién inaugurado (aunque aún en construcción) Ecoducto uno no puede evitar preguntarse, ¿y que pasó aquí? Atrás quedaron las agradables pasarelas verdes y los extensos humedales ideados por el equipo de Catán para dar paso a una decepcionante (y monolítica) plancha de concreto recubierta por aquí y por allá con jardineras laterales y un muro de rejas continuo que separa al peatón de la muerte por atropello automotriz. Hay cubiertas que te protegen del Sol y bancas con entradas USB pero, ¿qué pasó con el río?

El Ecoducto, como muchas de las obras realizadas durante el gobierno de Miguel Ángel Mancera en la ciudad, es escenografía en búsqueda de contenido. Uno de los más importantes propósitos del proyecto es reconectar a los ciudadanos con los entubados ríos de la ciudad para así liberarlos y generar un ambiente más integral en el que ciudad y naturaleza convivan dentro de un balance dinámico. El proyecto, si bien consigue la participación simbólica del Río de la Piedad a través de la idea de que se camina sobre el cuerpo de agua, está muy lejos de establecer cualquier tipo de conexión entre los usuarios y el agua residual que corre bajo sus pies. El Río, que ya se encuentra entubado, termina siendo confinado aún más por una extensa plancha de concreto que actúa como una cubierta hermética cuya misión parece ser la de prohibir el escape de alguna gota temeraria. De esta forma caminar por el Ecoducto resulta una experiencia tanto limitante como triste pues pareciera que cada paso que se da sepulta más el futuro del río que corre bajo los pies, bajo el concreto y entre el infinito arsenal de automóviles que chupan la energía de la ciudad.

Si bien el gobierno de la ciudad nos dice que el Ecoducto es un parque lineal de 1.6 kilómetros de longitud, la realidad se manifiesta en tres fragmentos de parque completamente desconectados entre sí en los que, si se quiere pasar de un fragmento a otro, el usuario debe esquivar el mal trazo de las vialidades que le cruzan así como los vehículos que circulan sobre ellas. El punto más crítico se encuentra en la intersección del Viaducto con Insurgentes donde el usuario debe cruzar cuatro vías principales sin protección alguna y en dónde —si el usuario se posiciona en un extremo del parque— resulta difícil entender que éste continúa detrás de más de 10 hileras de coches. En ese cruce se encuentran también unas letras brillantes de gran escala con las siglas de la CDMX, falsas en su orgullo portador de valores progresivos y de desarrollo.

Caminar por los rehabilitados camellones del Viaducto resulta una experiencia poco amigable pues la dura incidencia solar que recae sobre éstos apenas es levemente aminorada por la poco suficiente vegetación colocada en el sitio. Más extraña aún es la sensación de caminar entre coches, en un sitio que ni te separa ni te integra con ellos generando una convivencia poco agradable entre peatones y radiadores. El parque aterriza en una especie de lugar intermedio entre lo que sería un territorio fronterizo, un espacio público y un espacio que sirve para amenizar intereses privados (en este caso los automóviles). El usuario (peatón) queda de esta forma relegado en el último lugar dentro de un proyecto que supuestamente fue ideado para otorgarle mayor presencia en el quehacer urbano.

Uno de los aspectos más interesantes del Ecoducto es la implementación de biodigestores y humedales artificiales que en teoría pueden purificar hasta 30 mil litros de agua. Este tipo de acciones, muy necesarias en esta ciudad, si bien están lejos de solucionar los graves problemas que ésta enfrenta en torno al abastecimiento de agua al menos se presentan como una iniciativa que bien puede ser el comienzo de una red más extensa y eficiente, con el poder de generar cambios en la forma en que la población entiende su relación con el consumo de agua. Sin embargo en esta primer etapa esto es visible únicamente en forma de tinacos negros Rotoplas, tímidamente colocados en las esquinas del parque, vigilando los pasos elevados y fuera del alcance lúdico del ciudadano.

Buenas intenciones, ¿mal uso del poder?

El Ecoducto se convierte entonces en un proyecto basado en las buenas intenciones de la ciudadanía que, sin embargo, deja mucho que desear; en tanto que parece conformarse con tachar compromisos de una lista imaginaria y dejar en el olvido el verdadero cambio que se podría llegar a incentivar. Un parque lineal en una de las arterias principales de la metrópoli tiene el poder de cambiar la forma en que la gente entiende su ciudad, pero el proyecto que hoy día se sitúa sobre el Viaducto es tan tímido, y tiene un contenido tan escueto, que termina por convertirse en una parodia de sí mismo, transformando al Río de la Piedad en el hazme reír más grande de este asunto. Entonces surge la pregunta: ¿realmente necesitamos un museo que nos hable de lo que alguna vez hubo aquí, si en nuestras manos está recuperarlo y vivirlo de primera mano?

Se agradece el esfuerzo de asociaciones como Cuatro al Cubo que se encargan de exigir a las autoridades los cambios y acciones que esta ciudad necesita para presentar niveles más óptimos de vida, sin embargo debemos ser más críticos con el gobierno que les lleva a cabo, pues construir lo que sea y de la forma que sea con el fin de apaciguar las exigencias de la población está lejos de ser el camino que nos impulse hacia adelante. La realidad es que la ciudad se encuentra en una situación cada vez más crítica en torno al uso del agua y es verdaderamente preocupante que incluso en proyectos que en superficie parecen surgir de carencias latentes y responsabilidades reales, se termine optando por una estrategia vacía, más atendida por el espectáculo que por el desarrollo o la supervivencia. Mancera quiere presentar una CDMX que brille con la bandera del futuro, y sin embargo, parece únicamente anexarse a la larga lista de mandatarios que no supieron entender la naturaleza del valle y que, con su falta de visión, contribuyen al colapso de nuestro querido e inmenso coloso de concreto.

 

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