La historia siempre es más larga de lo que creemos y la ambición no nace sin un emperador anterior al que se admire.
Los hermanos Russo no son, por supuesto, los primeros en llevar un cómic a la pantalla grande con esperanzas de abrir las puertas a una nueva época en el mundo del espectáculo.

¿¡Qué es esto, un artículo crossover!?

Pablo Tenorio Moreno

Durante la última década, el cómic se ha hecho más presente que nunca en las salas de cine.

Marvel Comics dio inicio a un universo de adaptaciones que comenzó —en los tiempos remotos de cuando el iPhone todavía tenía botón de inicio— con la película de Iron Man, estrenada en el 2008.

Este camino de alguna forma culmina hoy en la proeza —aunque sea industrial— de los hermanos Russo, quienes encabezan lo que se ha bautizado,incluso antes de su estreno, como “el crossover más ambicioso de la historia”.

Avengers: Infinity War se estrenó el pasado 23 de abril en Los Ángeles. Reuniendo así a más de 67 personajes del universo cinemático de Marvel en la pantalla grande para combatir contra uno de los villanos más poderosos del mundo de los cómics: Thanos, el Titán Loco y Conquistador de mundos.

Sin embargo, puede que Thanos no sea lo único titánico de esta película:es de admirar, también, que ésta sea el fruto de diez años de trabajo y alrededor de 20 películas previas que le pavimentaron el camino.

La historia siempre es más larga de lo que creemos y la ambición no nace sin un emperador anterior al que se admire.

Los hermanos Russo no son, por supuesto, los primeros en llevar un cómic a la pantalla grande con esperanzas de abrir las puertas a una nueva época en el mundo del espectáculo.

En 1886 —mucho antes de que siquiera nos indignáramos por la ausencia de un botón de inicio en el nuevo iPhone— se publicó una tira cómica que diez años más tarde se convertiría en el primer cortometraje de la historia del cine.

El caricaturista alemán Hans Schließmann dibujó para la revista Fliegende Blätter un “cómic” que a la larga sería conocido por todos, incluso por la mayoría de quienes leen esto.

-Hans Schließmann, «Ein Bubenstreich», Fliegende Blätter, vol. 85, n°2142, 15 de agosto 1886

Sin intención aparente, Schließmann se incrustó en la historia del cine y la televisión acuñando un gag que después veríamos referenciado hasta en Los Simpson.

Todos hemos visto una variante u otra de este chiste en donde un personaje está regando un jardín cuando llega otro e interrumpe el flujo de la llave a la manguera.

Extrañado, el incauto “rociador” asoma un ojo al orificio de la manguera tratando de identificar el bloqueo. En eso, el personaje que impedía el flujo del agua suelta la llave haciendo que el “rociador” termine rociado.

Tal fue el título que dieron los hermanos Lumière en 1896 a su primer cortometraje de comedia cuya premisa era precisamente una adaptación directa de esta tira cómica.

El rociador rociado (o para los afrancesados y los porfiristas: “L’Arroseur Arrosé”) se volvió un fenómeno de época, un éxito rotundo y el precedente para muchos otros que vendrían después.

Antes de este cortometraje, no se veía mucho la potencialidad narrativa que ocultaba el cine. Se retrataban vistas y paisajes urbanos, y el cinematógrafo era un instrumento de documentación antes que uno de narración.

De ahí entonces la importancia de los cómics para el cine.

Sin la tira cómica de Schließmann este primer cortometraje “risible” no habría sucedido y sin éste es probable que jamás se abriera paso para los legendarios cómicos del cine mudo que fueron Charlie Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd.

El rociador rosado nos permitió entender que era posible retratar la acción física como algo cómico.

Lo vemos 32 años después en Steamboat Bill Jr, donde el mayor interés de la cámara es mantener a Buster Keaton en el centro del cuadro mientras lucha de manera cómica e ineficaz contra el viento.

El cortometraje de los hermanos Lumière no sólo nos hizo ver que el cuerpo y la acción hacían buen par para la comedia. Dio pie también a la revolución narrativa en donde el chiste no dependía sólo del cómico, sino que dependía también de quién lo contaba: la cámara.

Son los grandes chistes cuyo punchline no llega hasta que la cámara nos permite ver todo el contenido. Tal como sucede en los primeros minutos del clásico de Harold Lloyd: Safety Last!

No extraña, entonces,  que en su libro Mi vida y mis películas, el director de la vanguardia francesa Jean Renoir propone considerar a Louis Lumière como un nuevo Gutenberg: un reinventor de la impresión y de la difusión.

Los hermanos Russo y las películas que llevan la herencia del cómic a extremos espectaculares como Avengers: Infinity War, nos dan siempre una buena excusa para recordar que tal vez el futuro del cine se escribe a través de su historia, y que nada se va nunca realmente.

Basta cambiar una letra para pasar de la escuela a la secuela, e igual que con el guantelete de Thanos, con las joyas adecuadas el cine es infinito.

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