Un fanzine es una publicación autogestiva que se mueve al margen del discurso generado por las grandes editoriales y los medios de comunicación. A partir de una breve revisión histórica este ensayo corto busca delinear el concepto fanzine como una herramienta de subversión conceptual así como un medio de comunicación altamente personal que utiliza su carácter de independiente como su bandera más poderosa.

Hace poco más de un año publiqué mi primer fanzine. Llevaba un tiempo trabajando sobre un proyecto de entrevistas para las cuales producía tanto material gráfico como texto, mismos que acomodaba tímidamente dentro de un formato que diseñé una noche de desvelo en mi copia pirata de InDesign[1]. El trabajo que producía lo hacía para mí, como una búsqueda personal en torno a temas que rondaban mi cabeza de manera constante. Trabajar (y verter mi trabajo en un documento digital) era mi forma de acercarme a conceptos que me parecían lejanos; era también una forma de volverme partícipe de una conversación que escuchaba únicamente a la distancia, de forma retraída y temerosa pero con gran atención.

Un día asistí a un festival de fanzines y mi forma de ver mi trabajo (y el de los demás) cambió radicalmente. Aquella feria tenía además un giro cuir, pues abarcaba temas de perspectiva de género e incluía talleres y actividades dirigidas a personas poco contentas con las circunstancias que el mundo hetero-patriarcal les había puesto en frente. Caminaba por los distintos puestos de la feria hojeando la amplia variedad de fanzines a mi disposición —algunos a color, otros en blanco y negro, en serigrafía o fotocopiados— anonadado, pasmado ante una realidad que por mostrarse tangible me parecía mágica. Compré un par de publicaciones y salí del festival eufórico. Mi corazón latía feliz por la gran cantidad de contenido electrizante que acababa de recibir; mi cerebro ardía con la promesa de una epifanía contundente: “yo también puedo hacer algo así”. Aquel día llegué a casa tan emocionado que no pude hacer nada (a veces el corazón late tan fuerte que el cerebro no tiene otra opción más que unirse a su ritmo).

Los días siguientes me dediqué a dar forma al primer volumen de PinkNailPolish, un fanzine cuir que me abriría las puertas de todo un universo autogestivo cimentado sobre la creencia de que tu trabajo vale la pena y, si a ti te gusta, quizás a alguien más le interese también.

Una selección de fanzines de distintos tamaños, colores y temáticas que forman parte de la escena fanzinera actual.

¿Qué es un fanzine?

Intentar definir el concepto fanzine es, de cierta forma, una contradicción en torno a lo que el propio fanzine representa. Un fanzine puede ser una idea suelta, un impulso artístico o literario, un cómic en diez entregas o una historieta en media carta; puede ser una publicación cuidadosamente impresa en serigrafía, a tres tintas y en papel de algodón o una serie de hojas bond tamaño carta fotocopiadas y dobladas por la mitad, sin grapas siquiera.

Algunos historiadores[2] rastrean la aparición del primer fanzine a la década de los 30’s, con la publicación del fanzine de ciencia-ficción The Comet, editada por el Club de Correspondencia Científico de la ciudad de Chicago. A partir de ese momento la escena fanzinera sería dominada casi totalmente por publicaciones y cómics relacionados con la ciencia-ficción. Sin embargo, las innovaciones tecnológicas de mediados de los 70’s, en particular el surgimiento de las foto copiadoras, cambiaron el panorama fanzinero por siempre, facilitando una mayor rapidez y alcance de distribución por un menor precio. A lo largo de los 70’s y 80’s los fanzines florecieron de la mano de las ascendentes escenas punk, tanto en Londres, Los Ángeles y Nueva York como en el entonces Distrito Federal. Las publicaciones nacidas en esta ola del punk rompieron con los diseños más refinados de sus antecesores, utilizando una estética D.I.Y.[3], rápida y despreocupada que imitaba las aspiraciones de quienes las producían. Aquí nace el fanzine hecho a mano, armado con tijera y papel y fotocopiado hasta la invisibilidad.

A principios de los 90’s la producción fanzinera tuvo una segunda ola gracias al impulso del naciente movimiento riot girrrl el cual motivaba a las mujeres jóvenes a reivindicarse formando sus propios grupos de música, produciendo su propio arte y publicando sus propios fanzines desde una perspectiva femenina. El movimiento rompió barreras en distintos estratos sociales, musicales y artísticos y estableció un plataforma para que cualquier persona pudiera expresarse a través de la publicación autogestiva. Hoy en día el uso del internet y el diseño asistido por computadora han minimizado los costos de producción de forma dramática con muchos fanzines circulando únicamente de forma digital (y gratuita) y encontrando un nuevo edén en sitios como Tumblr o Instagram.

Fanzines Manifiesto y Nube, de la editorial ficticia floresrosa, en ig @brunolanglet. Fanzine pambolero por Oscar Pérez, en ig @amigxs666.

Ya entendí pero, ¿qué hace tan especial a un fanzine?

El fanzine, o zine[4], se convierte entonces -después de todo el bagaje histórico revisado- en un medio capaz de plasmar una compleja multiplicidad de visiones, opiniones, gustos e identidades. Los fanzines habitan en ese hueco ignorado por las grandes casas editoriales, pero también en el patio trasero de las editoriales independientes, abordando aquellos temas en aras de conformación que se construyen día a día, a la par de la sociedad más activa y menos taquillera. No es casualidad que la escena punk impulsara la popularización del fanzine como un medio propagandístico de primera mano, puesto que el fanzine se convierte en una herramienta subversiva en tanto surge como un discurso contestatario, y en tanto construye una plataforma que aplaude aquellos temas que nadie quiere tratar y que pocos saben abordar.

Si, los fanzines pueden ser agresivos y confrontacionales, pero también pueden ser tiernos, lindos, espirituales, propagandísticos, narrativos, de denuncia, feministas, poéticos, animados, literarios y un largo e-te-ce. Dada su naturaleza auto-producida (un fanzine rara vez cuenta con patrocinios externos y normalmente se limita a un número reducido de copias), los fanzines se convierten en receptores ideales para todo aquel que tenga algo que decir en un mundo saturado de información; la diferencia está en que esta información viene directa y sin filtros, extraída en estado puro del espíritu de alguien que, de una forma u otra, siente que los medios masivos no le representan y está dispuestx a llenar ese vacío con sus propias manos. Es difícil describir la sensación -tan especial como inusual- que se genera cuando sostengo en mis manos un fanzine escrito por alguien que vació sus sentimientos y filosofía en torno a algún tema de difícil acceso en un documento de Word, lo compaginó como Dios le dio a entender y lo fotocopió con la intención única de compartir un pedazo de verdad cósmica con el mundo. Es ahí, en esa honestidad tan puramente destilada y tan alejada de las realidades comerciales y mediáticas, donde recae el valor trascendentalmente cotidiano del fanzine.

El fanzine se convierte entonces en una herramienta de expresión popular, al alcance de todos y bajo las reglas de nadie, lo que le convierte en un medio altamente flexible en donde es posible encontrar una variedad infinita de formatos, tamaños, contenidos y perspectivas que surgen —la mayoría— de experiencias altamente personales.

 

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Hace un año fantaseaba con la idea de mi primer fanzine. Fantaseaba con la idea de compartirle al mundo algo que llevara no sólo mi nombre sino un fragmento de mí. Hoy entiendo al fanzine (así como al mundo de amistades, ferias, mercaditos y estampitas que siempre le acompañan) como un medio de expresión sensible, maleable y contundente que brinda un espacio ideológicamente seguro y prácticamente experimental, en el que es posible explorar los límites de aquello que creemos saber para ampliarlo en un 500%, reventando los pixeles narrativos de una sociedad que se limita a seguir un camino único hacia la verdad. Un fanzine es un campo de batalla emocional que lucha, fotocopia a fotocopia, por un futuro interseccional impreso en papel rosita, encuadernado a mano, y repartido con el amor que sólo alguien que se ha sentido excluido de la conversación es capaz de brindar.

Notas

[1] InDesign es un popular software de diseño editorial de la suite de diseño de Adobe utilizado tanto por fanzineros como por publicaciones formales y casas editoriales.

[2] Uso la palabra historiadores aquí a falta de un mejor recurso. No hay historiadores del fanzine, pero si una ferviente y apasionada comunidad que se encarga de mantener la tradición viva, generación tras generación.

[3] D.I.Y. por sus siglas en inglés (Do It Yourself) es un movimiento de contracultura que motiva a la producción y fabricación de artículos y contenido por unx mismx, saltándose al intermediario y anulando la necesidad de acudir con un profesional estricto del tema.

[4] Zine es la versión corta de la palabra fanzine. Aunque ambas tienen un origen anglosajón (pues surgen de modificaciones a la palabra inglesa magazine) las comunidades hispano parlantes optan más por el uso del término completo, mientras que las comunidades angloparlantes lo han compactado.

 

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