Una sala de cine no era solamente una sala de cine, comenzaba a ser —ya en los años 20— un novedoso sustituto para las bibliotecas, los periódicos e incluso las aulas de clase. Los cines se construían como palacios: templos espectaculares que acogían a miles de personas a diario.
Sin embargo, pareciera que hoy sucede lo contrario, y que vamos cada vez menos al cine.

¿Por qué vamos al cine? El psicólogo americano-alemán de principios del siglo XX Hugo Münsterberg fue uno de los primeros en su campo que se hizo esta pregunta.

Tras un artículo del mismo título, concluyó que los hermanos Lumière habían construido algo más grande de lo que jamás imaginaron.

Una sala de cine no era solamente una sala de cine, comenzaba a ser —ya en los años 20— un novedoso sustituto para las bibliotecas, los periódicos e incluso las aulas de clase. Los cines se construían como palacios: templos espectaculares que acogían a miles de personas a diario.

Sin embargo, pareciera que hoy sucede lo contrario, y que vamos cada vez menos al cine.

Aparece entonces ante nosotros el inventor y precursor del cine norteamericano Thomas Alva Edison y exclama a los fantasmas de sus rivales franceses: “¿Ya ven? ¡Se los dije!”

Empecemos más atrás. Cuando el cine todavía no se trataba de una carrera artística, sino de una competencia técnica y de patentes.

El siglo XIX vio competir a los 3 padres del cine por acuñar la especificad que perduraría en su nuevo arte.

Se trató de una época fascinada por la revolución industrial y por la mecanización en donde todos trataban de tomar el invento del otro y perfeccionarlo para así dominar el mercado y, de cierta forma, el mundo.

Los hermanos Lumière salieron con su “Cinematógrafo” en 1895 y Méliès con su “Teatrógrafo” en 1896. Pero unos años antes,en 1891, Edison había creado ya algo distinto a la competencia: el Kinetoscopio.

Invento que, casi 100 años después —en 1997— permitiría la creación de Netflix.

La mayor diferencia entre el invento de Edison y el resto de los fundadores del cine no era cómo se capturaba la imagen, sino cómo se distribuía y proyectaba.

Hay quienes dicen que el mayor éxito de los hermanos Lumière vino en dos partes:

La primera, en que establecieron una nueva forma de espectáculo colectivo a través de la proyección popular en salas de cine.

La segunda, en que a la entrada de dichas salas hubiese una taquilla para pagar el derecho de admisión.

Edison pudo haberles robado su idea. Pero, como sabemos, detrás de todo éxito hay ensayo y error, y su error fue uno caro.

Él también se vio mañoso y cobró por la proyección de su invento, pero no lo hizo de manera colectiva sino individual.

El Kinetoscopio consistía en una pequeña caja en cuyo interior se encontraban la película y un foco. Al insertar una moneda, se encendía el foco mientras la película corría a gran velocidad y el espectador se asomaba al interior de la caja por dos pequeños binoculares para ver así las imágenes en movimiento.

El primer cine individual. La primera pantalla privada. ¿Fue un error realmente?

La respuesta sencilla es sí; sí lo fue. Pero si respondemos así, no hay artículo.

Edison apostó por el cine como un entretenimiento personal, de la misma manera que se aseguró de incluir audífonos a su fonógrafo.

La imagen y el sonido podían disfrutarse y venderse individualmente, sostenía el empresario americano. Claro, en su momento, no tuvo mucho éxito dicha predicción. No obstante, con el paso de los años pareciera que la idea fue tomando vuelo y se hizo cada vez más presente en el consumo de cine contemporáneo.

Podemos entonces preguntarnos: ¿Por qué ya no vamos al cine? O para que no suene tan dramático, y para parafrasear en un sentido inverso la pregunta de Münsterberg: ¿Por qué ya no vamos (tanto) al cine?

Lo que más ha hecho el cine desde el siglo XX a lo que va del XXI ha sido evolucionar. Hemos visto una transformación y reconstrucción técnica y hasta comercial de lo que empezó cerca de 1890.

Servicios en línea como Netflix, Claro Video y hasta Cinépolis Klic traen el cine a nosotros. El espectador ya no tiene que ir hasta su sala de cine más cercana, porque la sala está disponible donde éste se encuentre.

Cada día experimentamos el cine de una manera más y más autodidacta. Somos nosotros quienes escogen qué ver, a qué hora, e incluso dónde poner pausa para continuar viendo más tarde.

Vivimos el cine en un mundo donde internet y la globalización han hecho de la información, del conocimiento, y hasta del entretenimiento un buffet. Abra la pestaña y sírvase.

De ahí el interés de preguntarnos otra vez cuál es el futuro del cine. ¿Un espectáculo colectivo? ¿Un espectáculo individual? ¿Qué no muchas individualidades hacen un colectivo?

Quizá Edison no se equivocó del todo. Quizá,en este contexto, Edison sólo se adelantó a predecir que la genialidad del cine no está sólo en que sea la imagen en movimiento, sino en que pueda ser también la imagen móvil; o, todavía mejor, portable; felizmente individualizada e inmediata.

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