¿Cómo funciona nuestro cerebro cuando vemos? ¿Podrías distinguir si una obra está hecha por una Inteligencia Artificial?

¿Cómo funcionamos?

“No tengo más que ver algo para saber cómo alcanzarlo y manejarlo, aún cuando no sepa cómo sucede eso en la maquinaria nerviosa”, al decir estas palabras Merleau-Ponty no se equivocaba; vemos, pero no entendemos cómo lo hacemos. Sin embargo, a lo largo de la historia de la ciencia y del arte, que son al final una misma cosa, han existido pensadores y artistas que han centrado su trabajo en el proceso de cómo demonios procesamos la gran cantidad de datos que miramos, oímos, gustamos, olemos y sentimos; aterrizándolo en el campo del lenguaje o la razón. Desde los tiempos de Mo Tze en la China ancestral e Ibn al-Hasan (Alhazen) en el siglo XI, hasta nuestros días en los cuales sistemas de Inteligencia Artificial son capaces de crear “obras de arte”; la pregunta acerca de por qué vemos lo que vemos y cómo lo vemos, continúa vigente.

El responsable de dicho proceso es el cerebro, órgano que nos ha dado el nivel más alto en la escala de la razón…supuestamente. Aquella masa neuronal encargada del acto de creación y percepción que se posa sobre nuestros hombros, ha sido concebida muchas veces como una máquina, es decir, como un artefacto o medio que opera en función de un determinado contexto socio-cultural. Por ejemplo, durante el siglo XVII el médico y místico inglés Robert Fludd, apegado al pensamiento hermético, representó al cerebro  como una máquina con tres funciones básicas: la imaginación, el intelecto y la memoria, relacionadas estrechamente con lo sobrenatural (fig.1). Otro caso un poco más cercano, es el del médico y artista judío alemán Fritz Kahn, quien de 1922 a 1931 elaboró su obra La vida del hombre dividida en cinco volúmenes, para la cual elaboró numerosas ilustraciones que sostenían la analogía entre cuerpo y máquina. Una de esas láminas (fig. 2), narra el proceso de abstracción de manera muy diferente a como lo hacía Fludd tres siglos atrás.

 

Figura 1. “Cerebro y memoria” En, Robert Fludd, Utriusque Cosmi, tomo II. Oppenheim, 1619.

Figura 2. Flitz Kahn, “Lo que pasa en la cabeza cuando vemos y decimos “auto”” En, La vida del hombre, 1922-1931.

En esta imagen, la máquina cerebral ya no está cargada de una influencia mística o divina; pero sí de ciencia, la nueva forma de pensamiento que regía los estándares de veracidad de las cosas. Y qué mayor muestra de ciencia aplicada que un automóvil, una línea de producción, cámaras cinematográficas, además de una máquina con teclas y pantalla; objetos que enaltecían a la Revolución Industrial y tecnológica. Otro detalle genial de la imagen, es que el cienartífico (palabra que fusiona científico y artista) exiliado por los nazis, coloca a seres humanos manejando aquellas máquinas, que funcionan como los engranes de una máquina más grande, dejando en evidencia que los artefactos necesitan del humano para trabajar…o tal vez…nos necesitaban.

La forma en que nuestra máquina superior abstrae el mundo de los datos sensibles es fascinante.

Nuestros ojos funcionan como dos cámaras oscuras y la retina como el material foto sensible que almacena la imagen para después enviarla a la parte posterior de nuestro cerebro, el lóbulo occipital, en donde se encuentra la corteza visual o área V1; que a su vez se divide en otras áreas más específicas. Este es un pequeño resumen del largo proceso que millones de personas realizan a diario desde que suena la molesta alarma hasta que nuestros pensamientos hacen un pozo en la almohada. Todos los días percibimos cientos y cientos de imágenes, pero pocas son las que observamos con detenimiento. Siendo sinceros lo mismo pasa en el mundo del arte pues no a todas las personas les interesan los paisajes de Cézanne o los retratos de Modigliani como a su servidor; a lo que me refiero es que los ojos buscan, cazan, entre todo el universo de lo visible, un lugar en el que se pueda desembarcar nuestro propio acontecer. Aterrizamos lo abstracto e invisible en lo concreto y visible.

¿Quién crea y quién percibe?

“¿Creen que podrían distinguir si una obra de arte ha sido creada por un humano o por una máquina?”.

Me encontré con esta extraordinaria pregunta en el artículo escrito por Teresa Guerrero para el periódico El Mundo. El contexto es importante, así que les digo que la palabra máquina dentro de la pregunta, se refiere a un software computacional y no al cerebro humano como se habló párrafos arriba, en fin. La Inteligencia Artificial ha provocado, desde hace algunos años, un boom tan grande que incluso ha causado el debate entre dos genios del desarrollo tecnológico; teniendo en una esquina a Mark Zuckerberg (a favor) y en la otra a Elon Musk (en contra). Según Ramón López de Mántaras, director del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial, las máquinas con inteligencia artificial no son capaces de romper reglas como Schönberg o Picasso, pero tienen un grado de creatividad más bajo que las hace capaces de generar algo nuevo combinando cosas existentes…esperen… ¿que no funciona así el humano? digo, nada es nuevo bajo la luz del sol y no hubiera existido un Picasso sin un Cézanne o un Matisse. Partimos del conocimiento previo, no podemos subir al siguiente escalón sin que éste se apoye en el de abajo.

Entonces ¿cómo carajos se puede distinguir entre una obra hecha por una IA y una hecha por un ser humano?

A continuación verán dos retratos, uno hecho por una IA y otro hecho por alguien orgánicamente vivo, tomen el tiempo para pensar en sus casas, camión, avión o procastinando en la escuela o trabajo, de quien es cada uno.

Después de preguntarle a veintidós personas, los resultados que obtuve son interesantes. Ocho personas estuvieron correctas, trece incorrectas y una dijo que ambas eran hechas por una IA. La primera obra es un retrato hecho por el artista suizo Alberto Giacometti, mientras que la segunda fue hecha por el sistema de IA llamado The Painting Fool; y el retratado es su creador, el británico Simon Colton

Finalmente, ¿por qué es tan difícil distinguir entre los creadores de ambas obras? ¿qué elemento gráfico o estético hace la diferencia entre ellas? En realidad, de primera impresión, ninguno. Lo que cambia todo es el dato del creador, pues se piensa que el humano tiene una voluntad plástica y artística, que tiene algo que decir; mientras que el software fue creado por y para la raza humana por lo que su “hacer arte” carecería de un fin más allá de seguir una orden y por lo tanto, no tendría aquella voluntad de la que hablamos. Esto lo justifico con las palabras del propio López de Mántaras: “es que no tienen el criterio para evaluar la calidad y determinar si lo que han hecho es bueno o malo”; más allá del juicio de valor que da el investigador, lo que se rescata de aquí es que las máquinas de IA no son conscientes de los otros ni de ellas mismas, no tienen la noción de supervivencia del concepto “yo”.

Un dato interesante que el mismo investigador menciona, es que algunos sistemas de IA hacen actos inesperados y arriesgados, mientras que los seres humanos no suelen arriesgarse con actos sorpresivos. Lo que se puede interpretar por el mismo camino, pues la máquina de IA no tiene nada que perder, no tiene un ego que dañar, ni  tiene que mantener a una familia; mientras que la máquina humana cuando se arriesga puede perder prestigio, que la crítica le pegue a su ego y no ganar el capital suficiente para sobrevivir. Para terminar, ¿importa si una obra de arte es hecha por un sistema de IA o por un humano, si lo importante en realidad es sentirnos identificados con la obra? dejaré esto a discusión. Tal vez la solución sea trabajar en conjunto y esperar que en el futuro admiremos el trabajo de esta unión cada día más latente.

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