Soy perfectamente consciente de que lo que estoy a punto de hacer, va a terminar o muy mal o muy bien. Pero sé que es lo que debo de hacer, tengo que ir y lo necesito escuchar por alguna razón.

Son las cuatro de la mañana, estoy en Dizengoff, una de las calles más grandes de Tel-Aviv, sola, caminando de regreso de la peda a mi casa. Voy a paso medio acelerado, pero bastante relajada. Siento una leve angustia por estar sola a esas horas de la noche, pero trato de no pensar en eso. Barro todo mi alrededor con la mirada y compruebo que no hay nadie más en la calle.

De pronto oigo un ruido y siento que alguien me toca la espalda. Pego un grito del susto y me volteo para ver de quién se trata. Detrás de mí se encuentra un tipo completamente pálido con ojeras y con el pelo grifoso, mucho más largo que el mío, montado en su bicicleta eléctrica.

 

– ¿Por qué gritas? – me pregunta el tipo confundido en hebreo

-Porque no había visto a nadie en la calle y de la nada apareciste y me sacaste un susto de mierda. – le respondo temblorosa en hebreo, pero con acento latino.

-Lo siento, no era mi intención asustarte, simplemente te vi y me quise acercar.

-Ya. Bueno, ¿qué se te ofrece? ¿necesitas dinero o algo así? – le pregunto con la esperanza que me diga que sí, para darle un par de monedas y seguir con mi camino a casa.

– ¿Cómo te llamas? – me pregunta.

-Ariela.

-Mucho gusto Ariela, me llamo Lior. No sé cómo plantearte esto, pero la neta es que estoy valiendo madres, no sé si sobreviva hasta mañana y necesito hablar contigo.

– ¿Hablar conmigo?

-Sí, ¿por qué contigo y no con nadie más? No tengo idea, pero te vi y sabía que estabas caminando aquí por algo y que tengo la necesidad de hablar contigo. No sé cómo explicarlo, es algo que siento.

– ¿De qué quieres hablar conmigo?

-No puede ser aquí, Ariela. Tenemos que estar los dos sentados cómodos porque necesito de tu atención.

-Bueno, vamos ahí – le digo señalando una banca a un par de metros – nos sentamos, me cuentas y me voy a dormir.

-Súbete a mi bici.

-No me voy a subir a tu bici – le respondo en tono burlón.

-Súbete a mi bici, Ariela. Te voy a llevar a un lugar más cómodo en donde podamos platicar a gusto. Te prometo que no te voy a secuestrar, ni violar, ni lastimar, que ya suficientes problemas vengo cargando como para agregar otro a la suma. Lo único que quiero de ti es que me escuches, eso es todo.

– ¿Entiendes lo que me estás pidiendo, Lior?, soy una persona bastante liberal, pero por dios, son las cuatro de la madrugada, mañana trabajo temprano, estoy agotada, soy mujer, estoy sola en un país ajeno al mío y un tipo que conozco de no más de cinco minutos me pide que me suba a su bicicleta para llevarme a quién sabe dónde a platicar.

-Es correcto, ¿vienes? – pregunta extendiéndome la mano.

 

Soy perfectamente consciente de que lo que estoy a punto de hacer, va a terminar o muy mal o muy bien. Pero sé que es lo que debo de hacer, tengo que ir y lo necesito escuchar por alguna razón, así que tomo su mano, muerta de miedo, y me monto en su bici eléctrica.

Atravesamos unas diez, doce cuadras sobre Dizengoff y doblamos en una callecita cerrada. Nos bajamos y nos dirigimos con todo y bici al interior de un edificio viejito y bastante amolado. Saca una llave de sus shorts y abre una puerta de la Planta Baja. Entramos a su casa, la cual no sé si definir como “studio”, “bodega” o “Wonderland”. Es una sola habitación completamente saturada de cosas de todo tipo, entre ellas varios instrumentos musicales, el rin de la llanta de una bici, varios posters de gatos en blanco y negro, bocinas, una caja de herramientas, ropa, encendedores, una máscara negra anti gas, toallitas de bebé, luces led, y muchas cosas más.

El joven pálido va por agua y aprovecho para tomar una foto del lugar, ya que me está causando mucha intriga y me doy cuenta de que tengo solo 5% de batería. Nadie sabe dónde me encuentro y si las cosas salen mal, estoy a 5% de no poder pedir ayuda ni de que me puedan rastrear. Se me revuelve el estómago. Guardo el celular y me acerco a ver una especie de guitarra.

-Ah, olvidé decirte, es que soy músico, por eso hay tantos instrumentos por todos lados. – me dice volviendo al cuarto con dos vasos de agua.

Se sienta junto a mí en un silloncito de Ikea, me extiende un vaso y comienza su historia. Yo lo escucho con mucha atención. Son de esas historias de película que por donde las veas están jodidas. Me pide un consejo y trato de dárselo, pero no le gusta que le digan lo que no quiere escuchar. Entre más habla, más familiar se me empieza a hacer su cara, pero no logro distinguir de dónde y eso no logra hacer que el miedo se vaya, permanece conmigo durante toda la noche.

Termina de hablar y junto con su historia se va toda la energía que le queda; está por quedarse dormido.  Se pasa a su cama que está ahí mismo a unos metros y yo me paro para irme. Me pide que le dé el control del aire acondicionado, así que se lo paso. Antes de irme me pide mi celular, se auto agrega a Facebook y me pone una de sus canciones en YouTube para que escuche durante mi caminata de vuelta a casa. Le apago la luz y le deseo las buenas noches. Salgo y camino a casa escuchando la canción más increíble del universo, la canción que marca el fin de una muy mala decisión que termina extremadamente bien.

 

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