Sé que El Señor de los Anillos no es un tema que genere conversación agradable entre la banda fresa, o quizá la banda en general,  pero ¿por qué nos vuelve locos a los que nos vuelve locos? Quizá hayamos oído la historia de enanos, o más bien hobbits, que no son lo mismo pero estos detalles no nos importan. O tal vez el hecho de que un anillo controla a todos suena muy fantasioso, o una alegoría a la trampa del matrimonio (maybe too far).

El Señor de los Anillos tiene muchísimas más repercusiones históricas de las que damos por sentado. Ya sea por el desarrollo del género fantástico o por ser el cuarto libro más vendido de la historia, una cosa es segura: quizá escuchar un poco más al nerd gordo con barros en la peda sobre el anillo único, no es tan mala idea. Antes de comenzar, los libros no son el interés de este artículo: aquí se hablará de las primera trilogía de películas y  por qué El Señor de los Anillos fue la última gran épica cinematográfica de esta generación, pues no ha vuelto a haber una trilogía como esta y quizá nunca la habrá.

Una épica cinematográfica está situada en un mundo distinto al nuestro, donde lo real está deslindado de nuestra cotidianidad. Aunque hay épicas como Lawrence of Arabia (David Lean, 1962), donde los hechos son verídicos y las situaciones sí tienen bases históricas, los personajes rayan en lo irreal: son la mejor versión de nosotros o quizá lo que en algún punto podríamos llegar a ser, héroes de antaño con aspiraciones de grandeza que sólo hemos oído en mitos y leyendas. Esto se observa más en  películas como Ben Hur (William Wyler, 1959) y Los Diez Mandamientos  (Cecil. B  DeMille, 1956) donde hay una temática mucho más religiosa y es claro quién es el protagonista o el antagonista. El bien contra el mal. El bueno es súper bueno y el malo es un hijo de p*[email protected], extremos que dan una simplicidad en la historia que pocas veces se ve en la realidad. En estas historias, es mucho más sencillo para la audiencia sentir una conexión con los protagonistas, pues se apela al inconsciente de cada buen cristiano, judío y musulmán que llevamos dentro.

El Señor de los Anillos fue concebido en el modernismo. Esto prueba el punto que digo sobre los buenos y los malos, sobre la poca profundización de los villanos contraria a la costumbre del postmodernismo. No hay una razón personal por la que Sauron (el malo de la historia) quiera destruir la Tierra Media. Sólo quiere hacerlo. No hay matices de gris, sólo hay blanco y negro.

Prosiguiendo con el hilo argumentativo, ya tratamos el modernismo de la historia, la incansable lucha del bien contra el mal; ahora hablaremos sobre la producción de la película. Ésta utilizó en su mayoría unos sets inmensos que reflejan una época donde era más barato construir un set a crearlo directamente con CGI (computer generated image o efectos especiales). También es importante mencionar el inmenso equipo de maquillaje, armaduras y ejércitos completos de extras, muy en la vena de los que acostumbramos ver en los 50s con el uso de efectos prácticos. Reforzado el punto, fue la última en ganar once Óscares junto con dos más,  Ben Hur y Titanic.

Agregando crema al taco, no tiene ni un solo cast member negro (lo cuál está de la fruta, pero de cierta manera refleja las producciones antiguas de Hollywood). Cada película dura en promedio tres horas, y las versiones extendidas se alzan a cuatro horas. Habiendo visto ambas versiones,  puedo atestiguar que el terminas llorando por el viaje nerdesco y la fatiga construida por un buen desarrollo de personajes y un ÉPICO score que acompaña a la película.

Dejando atrás el punto de vista nostálgico, esto es lo que una épica aspira a ser. Los momentos emocionales en estas tres películas (La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno del Rey) tienen un sentimiento de resonancia a algo que se siente perdido en las terceras entregas divididas en segundas partes, donde las conclusiones se sienten más como un “continuará” y menos como un sentimiento de haber presenciado algo histórico, de ver y sentir algo que a la fecha sigue resonando en quien es fan de esta película.

Al ver las películas de nuevo, se podrán dar cuenta de que esta época ya acabó: la época de las épicas, de los sets gigantescos, de las batallas inmensas con extras y escudos reales volando por los aires, de no tener cast de diferentes razas, de conclusiones escritas en guión para cuatro horas, de trilogías firmes y no secuelas holgadas. Algunos puntos han evolucionado para bien sin duda alguna, pero uno no puede evitar pensar que quizá el peso emocional de las películas era más fuerte cuando sí se acababa algo y no esperábamos dentro de uno o dos años a ver qué pasaba después del cliffhanger (te hablo a ti, Infinity War). Anyways, esto es por la última gran épica que tuvo el cine, por la incansable lucha entre el bien y el mal que a veces sí existe y nos recuerda que, incluso para los grandes héroes, las batallas son cotidianas y personales, que podemos observar un mejor amanecer viendo hacia el este, que un mago nunca llega tarde, que todo esto es por Frodo, que los tesoros no son solo anillos y que incluso la cosa más pequeña puede cambiar el curso de nuestra historia.

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