Todos buscamos la nececidad de salir y explolar las cosas del mundo. Entender su entramado mediante las herramientas que tenemos. En este caso la lectura también podría verse como vehículo y un lugar para la observación.

Puntos de partida

Octavio Paz decía que la lectura es un acto de voluntad, que leemos porque buscamos iluminar las complejidades del mundo. A esta afirmación me gustaría agregar una cualidad que siempre ha acompañado mis lecturas desde que tengo uso de memoria: la lectura se convierte en resistencia. Siempre he tenido una curiosidad felina respecto a los libros, en mis primeros años, recuerdo a mi padre sentado sobre su escritorio consumiendo de manera indiscriminada sus libros de economía; Marx, Adam Smith, J.A. Schumpeter, Robert L. Heilbroner y Assar Lindbeck entre otros. Mi padre pasaba horas sentado batallando contra las formas de su lectura. Apasionado por el estudio, enraizado en su escritorio, guiado por la luz amarillenta de su lámpara de estudio. El peso de esas lecturas lo acompañarían siempre.

 

Recuerdo que los libros siempre me llamaron la atención por su anatomía y olor, si bien no entendía la teorizaciones de los autores que tan arduamente leía mi padre, me di a la tarea de estudiar con severo detalle la constitución de estos objetos que me causaban tanto interés. Pasaba mis manos sobre las tapas duras, sentía su peso, abría las páginas e intentada descifrar la procedencia de su olor sin saber realmente los alcances de su contenido. El libro se me resistía por primera vez.

 

A una edad más avanzada llegó a mis manos una edición de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, ahí fue cuando caí en las ensoñaciones del viaje literario. En su interior había una dedicatoria que me deseaba la mejor de las suertes en el camino que estaba por iniciar. Años después, un profesor de literatura me regaló un libro que cambió mi forma de leer y entender la lectura. Me sumergí en la prosa de Alessandro Baricco, con Novecento, entendí los alcances que puede tener el lenguaje y acompañé a ese pianista triste que orquestaba sus notas (al igual que Baricco) en un mar tumultuoso y lleno de virtuosismo.

 

Buscando una senda

Las complicaciones del mundo me exigieron la búsqueda de un camino que dotara de sentido mi participación en el entramado caótico que llamamos vida.  En los libros logré encontrar la senda de un viaje inesperado: la odisea literaria. “Muchas veces lo que se ha leído es el filtro que permite darle sentido a la experiencia; la lectura es un espejo de la experiencia, la define, le da forma” (Piglia 93). Y así fue como se generó en mí un cambio mayúsculo, dejé de pensar en el sueño que me prometía la pelota y de las caricias que el fútbol se resistía a darme, para enraizarme frente al escritorio donde las letras y la lectura garantizaban un camino más “accesible”. De pronto me encontraba más cercano a las ensoñaciones quijotescas y mi relación con la lectura se convirtió en un tirón entre las escenas de mi vida cotidiana y el peso de una ficción que le daba sentido a mis pasos: “la vida se completa con un sentido que se toma de lo que se ha leído en una ficción” (Piglia 94).

 

La lectura para mí representó una fortaleza desde donde podría mirar al mundo e intimar con los lugares más secretos, las historias más íntimas. La lectura, en mis primeros años, representó una movilidad entre universos, viajes épicos en tiempos ajenos y mundos imposibles. Leer, para mí, representaba una forma de movilidad estática, espacios inasequibles, viajes fuera de mi realidad pero con una carga de verdad filtrada por los mecanismos de la ficción. Viajar desde mi pupitre mientras ignoraba la clase de matemáticas, viajar por 20 minutos mientras esperaba el fin del receso. La lectura significaba la apertura de un mundo que me parecía en extremo aburrido e insuficiente.

 

Sin embargo, pagué un precio terrible por intentar escaparme de la rutina. La lectura trajo consigo los vértigos de mundos que ni en mis más alocados sueños podría imaginar o vivir, pero también me aventó hacia el naufragio de la ausencia, “no es un sujeto real que ha vivido y que le cuenta a otro directamente su experiencia, es la lectura la que moldea y trasmite la experiencia, en soledad. Si el narrador es el que trasmite el sentido de lo vivido, el lector es el que busca el sentido de la experiencia perdida” (Piglia 95). Una ausencia que me reclamaba la imposibilidad de esa experiencia perdida, solamente accesible por medio de la mirada, la tinta y la página en blanco.

 

Sísifo o la piedra de la ausencia

Durante el receso, presionado por esos 20 minutos de libertad, mi lectura estaba condicionada por la rapidez. Tenía que abarcar el mayor número de páginas posibles para poder acceder rápidamente y sumar a mi universo lector mundos todavía no explorados. Me excluía de los demás y aunque la pelota reclamaba atención, yo la ignoraba con la intención de cumplir con mis viajes extraordinarios al interior de la tinta. Sin embargo, las ficciones que iba acumulando resultarían en una pesadez, mientras más me inmiscuía en el viaje literario, sentía con mayor intensidad las cosas de mundo y la realidad de la cual intentaba escaparme. Ahora, algunas lecturas después, anhelo la inocencia con la cual me aproximaba a los libros. Busco en ellos de manera casi obsesiva el desnudamiento de su construcción y me encuentro enraizado sobre mi propio escritorio con la misma luz amarillenta que guiaba a mi padre.

 

El viaje de la lectura me permitió moverme por territorios extensos pero también me condenó a la ausencia de una experiencia perdida. Pude moverme entre los espacios del mundo gracias a los escenarios alucinantes de Lovecraft, Kafka, Borges, etc. Pero también me dolió la imposibilidad de estar viviendo dentro de esas ficciones. ¿Qué lector enfebrecido no ha sido obligado a viajar con el peso de todo lo leído?  Las lecturas que vamos acumulando en el camino le dan sentido a los cuadros de la vida. Ahora no podría entenderme a mí mismo sin el abanico de la lectura, no podría relacionarme con el mundo, ni entender su entramado maquiavélico. Cada quien lee como quiere o puede. Ernesto el “Che” Guevara se fue a hacer la revolución a Bolivia con una mochila llena de libros, caminó por la selva con su paso asmático mientras programaba sus lecturas en una libreta. Escondía sus preciados textos en medio de la selva junto con las armas de otros revolucionarios, y ahí se quedaron después de su muerte, echando raíz en el suelo bolivariano.

 

Me gusta pensar en todos los libros que son leídos mientras realizo mis lecturas. Una infinidad de mundos y universos que se están sucediendo a mismo tiempo en alguna parte de la ciudad o el mundo. Muchos viajes dentro de otros, puntos de partida y ausencias acumuladas. Todas con un propósito primigenio: emprender un viaje en el terreno de lo desconocido. La lectura te  puede encontrar arriba de un árbol o a unos centímetros de un escritorio, pero si logras abrirte paso en la inmensidad del lenguaje, puede que te sientas un poco menos confundido o abandonado.

 

Textos citados:

 

Piglia, Ricardo. El último lector. Debolsillo, 2014.

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