El Proyecto Florida nos recuerda que niños todos lo fuimos, de vez en cuando no está mal tenerlo en cuenta para ver qué tan sencillas pueden ser las cosas si es que así lo queremos.

Lo primero que se recuerda en El Proyecto Florida (2017) son sus atardeceres, o más bien, el sentido de asombro por lo cotidiano. Existe una atención que impacta al espectador con lugares y situaciones ordinarias que buscan remarcar lo mágico que es ver a través de los ojos de una niña o un niño con un amplio sentido de imaginación o sólo simplemente, diversión.

Para quienes estén desactualizados, El Proyecto Florida  es la nueva película de Sean Baker, quien previamente había dirigido Tangerine (2015). Esa película fue completamente grabada con un iPhone y, al igual que su sucesora, establece una narrativa dentro de un contexto socioeconómico bajo, donde la cotidianidad está aislada de cualquier otro entorno cultural con sus propias reglas y comportamientos. Fue fotografiada por Alexis Zabé, quien nació aquí en México y ha logrado proyectos que le han ganado dos Arieles con Luz silenciosa (2007) y Temporada de patos (2005). La colaboración entre estos dos artistas es lo que alza a esta película a una experiencia similar a la de un sueño o una vivencia aproximada a “cuando eras un morro”: cuando todo lo que veías, sentías o creías tenía un peso enorme en tu sensibilidad. Los edificios eran inmensos, los valles eran extensos, los adultos eran divertidos, un día representaba una aventura más y las tristezas se reducían a no poder comer más helado o no ver tu película favorita por quinta vez.

Este último enfoque es tan visible dentro de la película que Alexis Zabe tuvo que grabar toda la película de rodillas, o por lo menos con Dollys que dieran la sensación de que todo estaba siendo apreciado desde los ojos de Moonee (la pequeña protagonista de la película). Esto implicaba que la paleta de colores en la fotografía tenía que ser brillante, armoniosa y vibrante sin rayar en lo fantástico e imposible. El enfoque principal de El Proyecto Florida es que sea un cuento de hadas diferente y uno que establezca una realidad distinta a la que estamos acostumbrados por Disney, lo cual es de vital importancia para la trama de la película porque toda la experiencia está establecida en un motel que está a un costado del Parque de Disneyland en Florida dentro de una comunidad con una situación económica al borde de la pobreza.

Todo esto suena ideal para una tarde ejemplar alternachida seguida de una buena discusión o reflexión sobre lo que la película nos quiere comunicar, sobre la fotografía y lo mierda que es el capitalismo. Creo que nos encontramos con una película muy especial y que, muy al estilo de Call me by your name (2017), se vuelve una experiencia personal con la que la película trasciende por lo que nos hizo sentir más que por lo que nos hizo pensar. El proyecto Florida va muy de la mano con otros proyectos como Moonlight (2016), The Tree of Life (2011), In the Mood for Love (2000) y Hiroshima Mon Amour (1954). Basta decir que esta película fue editada y escrita por el propio Baker, lo cual da un control muy específico sobre qué es lo que quería transmitir con la película.

Habiendo establecido estas humildes opiniones hipstersillas, recomiendo ampliamente la película. Creo que generará un buen taco de ojo para los que son amantes de la buena fotografía (y más si es mexicana), y un buen recordatorio de lo que era ser un chavalo o chavala, jugando por doquier con quien fuera y a la hora que sea, sabiendo muy bien que lo que importaba era la diversión y no dónde se estuviera jugando, entendiendo que no había reglas o tal vez algunas que habríamos olvidado una que otra vez junto con los conflictos que teníamos con terceros o cuartos. Niña o niño, todos lo fuimos, de vez en cuando no está mal recordarlo para ver qué tan sencillas pueden ser las cosas si es que así lo queremos.

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