¿Que tan importante es ser recordado? ¿Quien y cómo decide si alguien merece un lugar en la memoria? Francisco Gutiérrez es un artista, que como muchos, están muy cerca del rincón del olvido.

La indiferencia y el olvido son dos de los miedos más profundos del ser humano. Siendo un poco generales, no se trata de una profesión o personalidad pues todos en algún momento necesitamos que al menos alguien se dé cuenta de nuestra presencia, de nuestros actos, y que estos le generen algún tipo de estímulo; somos en tanto el otro es. Acerquémonos a la particularidad. ¿Quién merece ser recordado y quién no?, ¿por qué un artista merece ser recordado? En mi opinión son varios los factores que influyen en este hecho, que van desde nuestros actos hasta estar en el lugar correcto en el momento preciso. Dependemos de dos mundos: uno enorme, el de las circunstancias, sobre el cual tenemos muy poco poder, y otro mucho más pequeño, el de las decisiones, el cual nos pertenece y es nuestra única influencia “relativa” sobre las circunstancias a futuro.

Ser recordados por la historia oficial al estilo de Picasso o Dalí es una idea romántica y compleja.

Por eso es más fácil intentarlo por medio de la micro historia al ser recordado por tus amigos, familiares, personas cercanas que de vez en vez cuenten anécdotas tuyas. O que en una de esas, algún héroe despistado de la memoria, honré tus historias o tu trabajo con algún libro; he aquí el acto de la redención. Para ser un poco más objetivo daré el ejemplo de Francisco Gutiérrez Carreola (1906-1945), “Guty” para los cuates, un artista que fue colocado muy cerca del rincón del olvido por la historiografía del arte porque el sistema artístico no encontró en sus obras “lo esperado” para su época, es decir, una temática “nacionalista”, estandarte político e ideológico del México post-revolucionario.

Guty plasmaba el dolor y la soledad que habían estado tan presentes a lo largo de su vida; provenía de una familia muy pobre, su madre murió cuando él era muy pequeño, su padre lo abandonó tras un accidente que lo deja casi sordo… En fin, su vida no fue un paseo en el parque. Por otro lado, tuvo buenos amigos como el importante pintor mexicano José Chávez Morado, se enamoró, se casó, tuvo un hijo y fue un adicto al conocimiento. Por esto y mucho más me gustaría que lo conocieran a través de una obra suya explicada a manera de ekphrasis, que es la representación verbal de una representación visual.

 

“La Despedida”, 1939. Óleo sobre tela. 65 x 84.8 cm.

Ekphrasis:

Las despedidas son una parte inherente a la vida humana. Esperadas, inesperadas, cortas, largas, planeadas o acechantes de buscar el momento perfecto; siempre llegan a nosotros. Lo que se va y lo que se queda, él que se va y él que se queda. Personas, experiencias, sentimientos, historias, olores, vicios e incluso objetos; que la tan bendita como maldita memoria se encargará de sacar del olvido para nuestra propia supervivencia. Todo esto en una obra: La Despedida, en donde hay uno que se ancla al muelle; que decide quedarse ahí, inmóvil, cabizbajo, transparente, indefenso, dejando ver lo elemental de su estructura; el dibujo. Mientras que el otro, ruborizado, investido de ropajes o de pretextos decide partir, pues la grúa ya ha subido todo al barco y apunta hacia un nuevo destino; quizá para que aquel que ha quedado anclado sepa dónde encontrarlo.

Al final, el olvido se hará poseso de todos nosotros, como un destino que va más allá del último aliento. Únicamente nos queda redimir del olvido a aquellos que nosotros elijamos y esperar lo mismo para nosotros si así lo deseamos.

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