El icónico personaje de Mickey Mouse estaba por entrar al dominio público, lo cuál amenazaba el ambicioso y avaro proyecto de Disney.
Así que a través de lobbying e influencias políticas, ésta y otras compañías lograron pasar el acto de 1998, y por ende atrasar la entrada de obras y películas al dominio público.

Arranca el 2019. El primer país en entrar a la carrera es Samoa, en Oceanía. Poco después se le van sumando las demás naciones para recibir oficialmente el año nuevo y despedir el viejo. Familias se abrazan, la gente bebe, baila, goza, y algún alma inocente se agobia porque las uvas se le atoran en la garganta y no se le ocurre un onceavo deseo que acompañe las campanadas.

Un año más para ponerse metas y, seis meses después, darse cuenta de que la mejor meta es poner metas realistas el próximo año.  Porque pareciera que como especie tenemos un gusto por prolongar las cosas; para bien a veces, y otras para mal.

Los propósitos de año nuevo nunca son muy originales. Nadie nunca reclama que alguien más tenga la misma ilusión de ir al gimnasio o de empezar una dieta vegetariana. ¿O sí?

Hasta donde sabemos, no. Pero casi. Irónicamente, las batallas legales por la originalidad no son algo que no hayamos visto antes tanto en el cine como el resto del mundo del arte y los espectáculos.

Existe por ejemplo el Copyright Term Extension Act of 1998 (CTEA), que es una de las múltiples acciones que se han ido agregando y renovando a lo largo del tiempo para preservar y prolongar las leyes de protección de derechos de autor, fundadas en 1790 en Estados Unidos.

Esta acta es también conocida como Sonny Bono Act (Sí, como el exesposo de Cher) o peyorativamente como Mickey Mouse Act. Curioso que lleve el nombre del rostro de Diney, ¿Verdad?, pero explicable del todo; veamos.

Fue a partir de 1976 que los derechos de autor en Estados Unidos comenzaron a pasar de ser una forma de conservar el legado y patrimonio de obras culturales, a ser mañosas maniobras que para explotar la memoria y los derechos de obras que objetivamente debían pasar al dominio público.

Hasta entonces, el Copyright era válido mientras el autor o autora estuviese en vida. Una vez llegada su muerte, se prolongaba la preservación de estos derechos durante 50 años o 75 años en caso de ser una obra colectiva.

También se extendió la vida del copyright de obras de antes de 1976 de 28 años después de la muerte del autor o autora a 47 años (Sumando un total de 75 años).

El propósito de los derechos de autor era inicialmente proteger la obra durante suficiente tiempo como para asegurar sus ganancias.

Una vez que la obra hubiera permitido al autor o autora ganar una suma razonable de dinero, pasaba al dominio público y podía ser usada y alterada libremente.

Podría decirse que existía el “derecho al remix”. Pero esto cambió en 1998, cuando Disney, Sonny Bono, y otras compañías decidieron jugarle al vivo.

El icónico personaje de Mickey Mouse estaba por entrar al dominio público, lo cuál amenazaba el ambicioso y avaro proyecto de Disney.

Así que a través de lobbying e influencias políticas, ésta y otras compañías lograron pasar el acto de 1998, y por ende atrasar la entrada de obras y películas al dominio público.

Sin embargo, no todo son malas noticias. Al contrario, el primero de enero de 2019 pasaron al dominio público piezas musicales, pinturas, obras literarias y también cinematográficas.

Entre las películas liberadas se encuentra Safety Last!, comedia muda de 1923 en la que Harold Lloyd se incrustó en la memoria colectiva al colgar de la manecilla de un reloj.

También pasarán al dominio público cortometrajes de Chaplin, la caricatura de Félix El Gato, y The Little Napoleon, comedia muda alemana en la cual debuta Marlene Dietrich.

Aunque a Mickey Mouse no le ha llegado la hora, y el gigante corporativo que se volvió Disney se las ha arreglado para mantenerlo entre sus garras, su tiempo está cada vez más cerca. Este carismático ratón apareció por primera vez en noviembre de 1928.

Según la ley actual, el ratón más famoso del mundo debería pasar al dominio público en el 2024. Suena demasiado bueno como para ser verdad, pues podemos decir con certeza que Disney no dejará ir al emblema de su compañía sin antes dar batalla.

Vaya hipocresía con la que el imperio comercial de Disney usurpa contenido al dominio público. Hacer de algo que pertenece a todo mundo como la cultura un negocio privado de por sí está mal.

Pero es todavía peor cuando quien lo hace es una compañía que pudo llegar hasta donde está gracias a la nueva vida que supo dar a historias del dominio público como Tarzán, Alicia en el País de las Maravillas, y Pinocho entre muchas otras.

¡Ni el encantador roedor está libre de pecado! Mickey Mouse apareció por primera vez en el cortometraje Steamboat Willie. Sin embargo, éste se basa en una película del maestro del gag Buster Keaton.

Seis meses antes de la llegada del ratón a la pantalla grande, Buster Keaton estrenó Steamboat Bill, Jr. Con el tiempo, esta película moderadamente apreciada en su época se ha convertido en un clásico imprescindible del cine mudo. Para nuestra buena suerte, ésta se encuentra en el dominio público y puede ser disfrutada libremente.

No sólo se encuentra en el dominio público esta película. También se encuentra en todos los homenajes que se ha rendido a una de las más icónicas escenas de Buster Keaton: La casa que cae.

Este fantástico gag ha sido recreado en más de una serie o película. Jackie Chan le rinde homenaje en Project A Part II (1987) y construye, gracias a lo viejo, algo nuevo. De nada sirve restar al dominio público. Engorda los bolsillos de quienes se adueñan de lo legítimamente popular, pero más allá de eso, no hace más que inhibir y restringir la creatividad y la libertad artística.

Si personajes como el monstruo del Dr. Frankenstein o el Conde Drácula hubiesen sido privados del dominio público, como lo está siendo ahora Mickey Mouse, quién sabe si los recordaríamos tanto como lo hacemos hoy en día.

Una buena parte de la cuada de iconos con los que contamos, se sumaron a nuestro colectivo cultural gracias a que no había restricciones en cuanto a cómo podíamos (y podemos) contar sus historias.

El verdadero peligro de que compañías e individuos puedan influenciar las leyes de copyright para su beneficio es que si permitimos que suceda una y otra vez eventualmente ya no habrá nada más que franquicias interminables que se sienten más como un producto plástico y sintético en lugar de como una obra original e interesante a través de una visión distinta y una nueva voz.

¿Qué va a pasar con las historias que contamos cuando pertenezcan a una multinacional con más abogados que creativos? No todo en el cine tiene porque ser el temido “cine de autor”, pero tampoco debería de ser este “cine corporativo”.

(Ojalá Disney no quité este artículo.)

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