¿Por qué a los escritores les fascinan los gatos? ¿Se puede afirmar que los escritores tienen una esencia que los define? ¿Cómo son los escritores en el siglo XXI?¿Cuál ha sido el papel del gato en la literatura?

Imagen de portada: Ariela Ado

 

Para Savanne

 

Algo que han ido desmintiendo poco a poco tanto críticos literarios como escritores es esta esencia casi divina que antes se le atribuía al escritor. En el romanticismo, por ejemplo, el poeta era aquel ser hipersensible cuya tarea en el mundo era traducir las imágenes de la naturaleza en palabras para el resto de la sociedad.

En la actualidad, la mayoría de los escritores ya no son estos seres míticos recluidos en las montañas o estos excéntricos personajes que profesaban la ley del cinismo a la Oscar Wilde. Ya ni siquiera es necesario que tomen el papel de un Octavio Paz: maestro de una generación, curador del arte escrito, juez y dictaminador del canon literario.

El escritor del siglo XXI puede ser desde una joven universitaria que en un blog vierte sus constantes ansiedades sobre el mundo posmoderno, hasta un poeta cuyos textos solo son leídos en un bar donde sirven pulques y mezcales.

Sin embargo, hay una constante innegable por la cual han atravesado cientos de generaciones de escritores y esta es la fascinación por los animales felinos. Baudelaire decía que los gatos eran el regalo de los dioses para los humanos, pues en aquel animal doméstico convergían las características majestuosas del tigre y así la posibilidad de acariciarlo.

Jorge Luis Borges tenía gatos. Elena Garro murió en su casa de Cuernavaca en 1998, rodeada de sus ocho gatos. Pío Nonoalco, Carmelita Romero, Evasiva, Nana Nina Ricci, Chocorrol y Miau Tse Tsung son algunos de los nombres de los gatos que tuvo el escritor Carlos Monsivaís.

En la literatura, los gatos también han hecho un importante debut como lo muestra el gato de Cheshire en Alicia en el país de las maravillas o el felino del relato homónimo del escritor Juan Carlos Onetti por el cual un matrimonio joven fracasa. Uno de los pasajes más hermosos quizá en la literatura del siglo pasado pertenece a Bella del señor de Albert Coen en el cual se describe la interacción de un hombre con su gato.

Entonces, a pesar de que la idea misma de una esencia en el escritor ya nos suena absurda, es imposible negar que hay algo que coincide en su práctica. Aquello es el arte de observar desde las cosas más nimias y reflexionar sobre su existencia. El gato es por excelencia un animal que produce un inmenso goce para el amante de la observación. Ya sea para verlo lamer sus bigotes después de haber comido una lata de atún o para atraparlo con la mirada al preparar su arenero antes de hacer sus necesidades.

El gato es el legado de una tradición hedonista por naturaleza. Duerme largas horas y exhala el aire de manera profunda. Se agazapa en la mayor de las sutilezas. Aguda su oído cada vez que un ave se acerca a su jardín. Produce una variedad de sonidos interminables entre los cuales destacan ante el burdo oído humano el maullido y el ronroneo.

Para el escritor que observa y que está consciente que las palabras jamás podrán traducir a la perfección el acontecer de la vida, el gato es su mejor compañero. Al igual que las palabras, se le tiene que mantener libre de ir y de venir, de dormir y de merodear, de llorar o de ronronear, de jugar o del devaneo. Solitarios por naturaleza, a veces cuesta trabajo aprender a amar sin poseerlos. A los gatos no se les enseña a ir al baño, a dejar de maullar, a no escaparse. A los gatos se les quiere tal y como son y se les dejan las ventanas de la casa abiertas.

Así, me permito imaginar que algunos escritores nocturnos en el siglo presente aún conocen el goce infinito de estar sentados frente a su pantalla, tecleando, mientras que su gatito respira a lado en un sueño profundo.

 

 

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